El Búnker Volador

ESTUDIO

Un búnker. Un búnker que vuela y mira a su entorno a través de sus huecos y bajo el refugio de la privacidad. Una mirada al entorno, protegida y elevada. Una forma de vivir propia de la Acrópolis de Atenas, desde arriba, mirando pero sin ser vistos. Como aquel curioso que mira por la mirilla de su puerta cuando escucha ruido en el portal.
Una pieza blanca, pura y perforada se apoya sobre un basamento que nace de la tierra y emerge de forma orgánica para ofrecer un plano horizontal plano donde asentar la vida.

El búnker que mira a su alrededor

Una pieza pura y perforada que se eleva sobre la tierra para habitar desde la intimidad. Un refugio contemporáneo que mira al entorno sin ser visto.

El Búnker Volador es, ante todo, una declaración de intenciones: una pieza arquitectónica que se eleva con firmeza, que observa sin ser observada y que hace de la privacidad no un límite, sino un lenguaje. El proyecto parte de una idea sencilla y rotunda —un búnker—, pero inmediatamente la desarma a través de la paradoja: un búnker que no se entierra, sino que vuela. Un volumen blanco, casi ingrávido, que mira a su entorno desde la seguridad de sus huecos cuidadosamente tallados, como si cada abertura fuera un gesto preciso, un ojo que elige cuándo y hacia dónde mirar.      

Esa mirada elevada convierte la vivienda en una especie de acrópolis doméstica. Desde lo alto, los habitantes establecen una relación con su territorio que no es agresiva ni defensiva, sino contemplativa. La casa observa el paisaje como aquel que se asoma discretamente por la mirilla de su puerta al escuchar un ruido en el portal: con curiosidad, pero también con prudencia; con deseo de entender lo que ocurre fuera, pero preservando la intimidad de lo que sucede dentro. Ese juego constante entre protección y apertura define el carácter del proyecto.

La pieza superior, pura y perforada, se apoya sobre un basamento que nace de la tierra y crece de forma orgánica, casi como una protuberancia geológica que hubiera estado siempre allí. Este zócalo no es solo una estructura de soporte, sino un gesto que arraiga la vivienda al terreno, que la ancla antes de permitirle levantarse. Su geometría natural contrasta con la nítida abstracción del volumen blanco, generando un diálogo entre lo mineral y lo construido, entre la naturaleza y la arquitectura.

Sobre ese basamento emerge un plano horizontal donde se asienta la vida cotidiana. Es una plataforma que organiza el habitar, un suelo continuo que ordena el día a día de forma silenciosa y generosa. La domesticidad se despliega así en un espacio que combina refugio y apertura, densidad y ligereza. Cada estancia se orienta de forma estratégica, garantizando que la relación entre interior y exterior nunca sea directa o impuesta, sino filtrada y medida.

El proyecto reivindica una arquitectura que protege sin aislar, que observa sin exponerse, que se eleva sin perder su vínculo con la tierra. “El Búnker Volador” es, en ese sentido, una reflexión sobre cómo queremos vivir: con la tranquilidad de estar resguardados, pero sin renunciar a la belleza de lo que nos rodea; con la libertad de elevarnos, pero manteniendo la raíz que nos sostiene. Es una casa que entiende la privacidad como un valor contemporáneo y la mirada como un acto consciente, casi ritual.

En su conjunto, la vivienda se convierte en un objeto preciso y poético, una pieza de geometría clara cuyo verdadero significado no está en su forma, sino en la manera en que se relaciona con el mundo. Un búnker, sí; pero uno que decide levantar el vuelo.

Estudio
med.arquitectos

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