La casa del infinito que Campo Baeza imaginó para la costa gaditana utilizaba la gran diferencia de cota que existía en la parcela para hacer pasar un edificio de 900 m2 como una prolongación del horizonte. Diez años más tarde, Jaime Prous se posiciona contra la idea de excavar y alterar la topografía del entorno existente con un volumen que vuela por una pendiente parecida. ¿Ha cambiado tanto la sensibilidad por el paisaje?
El valor de la topografía
La casa 144º recibe ese nombre porque el quiebro que hace en su planta para mirar hacia la montaña toma un ángulo de esa inclinación. La pieza arranca desde la parte alta de una parcela con pendiente y se mantiene impasible al descenso. La distancia hasta el suelo va creciendo hasta dejar un espacio suficiente como para encajar un volumen más, sin embargo, los arquitectos han decidido mantener un hueco que resalta la figura del edificio flotante.

La idea detrás de este planteamiento es alterar la naturaleza del suelo lo menos posible y apoyar el proyecto en los puntos estrictamente necesarios. El diseño busca conseguirlo por medio de una estructura ligera —todo lo ligero que puede ser algo construido en acero— que necesita, como cualquier otra, una cimentación, un pequeño jardín que arropa y aplana la superficie hasta la entrada y, por si fuera poco, una doble altura enterrada en el desnivel del terreno. Es difícil hallar algún resto en la intervención de esa topografía que se quisiese conservar. Construir siempre ha sido un acto colonizador y es prácticamente imposible escapar de ello.


Un paisaje flotante de Jaime Prous
Aun así, no merece la pena sentirse culpable. La relación entre arquitectura y paisaje es inevitablemente conflictiva y por eso es precisamente tan interesante. La obra de Jaime Prous pertenece a esa rama linabobardiana que prefiere otear a pisar con los pies, que escoge el telón de fondo de una cordillera antes que fabricar uno con un jardín. La elección de los arquitectos parece adecuada cuando se analiza el tipo de parcela o la falta de interés del entorno más inmediato. La pastilla voladora acentúa la sencillez de sus formas o la precisión de la estética industrial y prefabricada que domina la propuesta. Un mirador que, a la vez, se convierte en un hito al que dirigir la mirada entre las copas de los pinos.


La casa 144º toma una decisión coherente con la situación de un enclave difícil. La estrategia soluciona el encargo sacando el máximo provecho del lugar en el que se le ha encomendado. Aunque sea complejo cargar con la culpa de las excavaciones, de los escombros, de las emisiones o de las talas, es aún más complejo imaginar una resolución más adecuada para este puzle. Aunque tengamos que admitir que nuestros edificios no se construyen con aire, la arquitectura sigue siendo necesaria.

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El proyecto se denomina de esta forma porque la planta se quiebra con una inclinación de 144º para apuntar las vistas hacia el paisaje.
Los arquitectos plantean un volumen que se implanta en la parte superior y que vuela sobre la pendiente pronunciada de la parcela.






