Villa Orange no es naranja. Este último trabajo del arquitecto y diseñador Simone Micheli, se presenta al mundo con un nombre que contradice su color. En efecto, la vivienda resulta ser completamente blanca: como una villa palladiana o como las casas de tejados planos que han existido siempre en el Mediterráneo. Blanca como un volumen cuando se renderiza sin materialidad o como la luz que alumbra la isla de Sicilia en verano. ¿De dónde viene, por tanto, su nombre?
¿Dónde se esconde el color de Villa Orange?
Para responder esta pregunta hay que seguir el rastro del propio fruto: una especie cítrica de origen oriental, que encontró un lugar de cultivo en esta zona del mundo. Si se observa la fachada y uno se deja llevar por las reminiscencias, ¿no se convierte esta vivienda en un fabuloso árbol de cuya copa penden sus naranjas? Las ventanas circulares, que con expresividad componen el exterior, son una geometría que Micheli suele utilizar en sus proyectos. Unos huecos que otorgan una imagen náutica, de submarino o barco, con ganas de optimismo un tanto teatrales. Pero que recuerdan también —qué duda cabe— a numerosas naranjas colgando.

Un solo elemento de la residencia confirma su nombre: el extraño pilar, de siluetas aeroespaciales, con papel protagonista en el salón; sin embargo, su tonalidad no corresponde con la naturaleza esférica de la fruta. Por eso la naranja hace su presencia en Villa Orange completamente licuada: el resultado de esta acción es un lujoso zumo —entre verde y amarillo— que cae en forma de gota en la zona donde se encuentra la piscina. De ese modo, el autor juega con nosotros, como un truco de magia que convierte a la naranja y la mueve de un sitio a otro. Quizá los propietarios sean quienes ofrecen la pista definitiva. La Villa Orange debe su nombre a la familia Parlapiano, que desde 1960 produce y comercializa la naranja de Ribera, en la provincia de Argento, allí donde la tierra queda protegida de los fuertes vientos del mar y los calurosos Monti Secani. En ese preciso enclave es donde se levanta la arquitectura, que también se resguarda del entorno.


A partir de aquí, la propuesta puede explicarse a través de las palabras del propio Micheli: “Un refugio que redefine la vida cotidiana”. Una vida apegada a las tradiciones sicilianas —a las que la familia de una manera u otra pertenece— a la vez que mira hacia el futuro. Por ello el arquitecto plantea la intervención como ejemplo del habitar contemporáneo: una casa que, así lo dice Micheli, “respira, transmite y escucha”. Estas palabras se traducen en una organización espacial fluida, con continuidad entre las diferentes estancias —interior-interior, dentro-fuera— y una ausencia de grandes jerarquías.

Un manifiesto de Simone Micheli
La trayectoria de Micheli —formado en Florencia y activo internacionalmente en varios campos creativos— se caracteriza por una voluntad constante de cuestionar las convenciones de nuestro presente. En Villa Orange, esta actitud se concreta en un resultado deliberadamente formal y en una concepción muy específica del lujo. Para él, no se trata de un alarde de riqueza y acumulación, sino algo entendido en relación a la “cualidad del tiempo, al vacío que permite respirar, a la interacción espontánea entre cuerpo y arquitectura”.

Esta idea adquiere una resonancia particular al vincularse con la tradición agrícola de la familia Parlapiano. La construcción entiende el habitar como una experiencia que debe cultivarse. Por este motivo, Micheli la considerado como “un manifiesto” que “anticipa los tiempos, acogiendo el cambio dentro de una trama de encanto, ligereza y consciencia”.

Con todo, existe una naranja ausente. En el ambiente colindante, un patio parece consagrarse para ese momento de pausa, para ese vacío del que acaso habla el autor cuando define lo que debería ser una vida moderna. Pero este vacío, que funciona como el jardín, se pasa seguramente las noches preguntando: ¿Llegará algún día el jardinero que, irrumpiendo en mi tranquilidad, rompa con tanta luminosidad y plante un naranjo en el medio?

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