Hasta el día 27 de septiembre, en el Museo Nacional de Artes Decorativas puede verse la exposición Las ingenieras domésticas y la revolución de la cocina que, comisariada por Andrés Alfaro y Remedios Samper, reúne cerca de 200 piezas, en su mayoría provenientes de la colección Colección Alfaro Hofmann, complementadas con una selección de fondos del propio museo. La muestra recoge toda una serie de aportaciones de investigadoras, arquitectas y diseñadoras que, desde posiciones muy diversas, propusieron un cambio de percepción para integrar la vida de las mujeres, como organizadoras del hogar, en el nuevo orden económico y social de los siglos XIX y XX, condicionando así la evolución del espacio doméstico.
Del trabajo invisible a la racionalización doméstica en el Museo Nacional de Artes Decorativas
Cuando todavía quedaba lejos la reivindicación que Virginia Woolf hizo en su ensayo Una habitación propia (1929), algunas teóricas y pensadoras norteamericanas de finales del siglo XIX —designadas en el título de esta exposición como ingenieras por el rigor de sus planteamientos a pesar de carecer, en la mayoría de los casos, de formación específica en el campo proyectual— centraron su interés y reflexiones en mejorar las condiciones de trabajo en la cocina, el ámbito que desde hace siglos les era consustancial. Así, teóricas como Catharine Beecher —que contemplaba el trabajo doméstico como una labor profesional y promovía para criterios de funcionalidad y orden—, Christine Frederick —precursora de la aplicación de principios científicos como las circulaciones claras y racionalizadas— o Lillian Gilbreth —quien incidió en la importancia de la ergonomía—, entendieron que el primer paso para lograr cierto grado de autonomía de las amas de casa pasaba por mejorar las condiciones de trabajo en el ambiente doméstico, comenzando por aquel al que habían sido relegadas tradicionalmente.


De alguna manera, estas mujeres o bien se adelantaron o bien pusieron en práctica las directrices que, a comienzos del siglo XX, definió Frederick Winslow Taylor en el taylorismo: un método de organización del trabajo que perseguía la reducción de costes y de tiempos de ejecución y el aumento de la productividad mediante la máxima división de funciones, la especialización del trabajador y el control estricto del tiempo necesario para cada tarea. Su implementación en la producción en serie la puso en práctica Henry Ford en la fabricación del Modelo T del automóvil creado por él mismo. Y también se anticiparon, en su perspectiva y concepto mecanicista de las labores —más específicamente las desarrolladas en la cocina— a la idea que Le Corbusier expuso en su libro Hacia una arquitectura (1923) por el cual “la casa es una máquina de habitar”.


La cocina moderna: ergonomía, industria y emancipación
La cocina se convirtió así en un verdadero campo de experimentación, a medio camino entre el laboratorio, la cadena de montaje y la sala de máquinas. En ella, los postulados del Movimiento Moderno y del funcionalismo adquirieron verdadero sentido; igual que términos como circulaciones, antropometría, ergonomía, esfuerzo, rendimiento, electrificación, ventilación, iluminación, avances técnicos, etc. confluyeron y tomaron carta de naturaleza, materializándose para que esa operaria multitareas capaz de dirigir y coordinar todas y cada una de las labores requeridas, obtuviese en su vida cotidiana —hasta que el hombre se decidiese, o se decida a echar una mano— cierto grado de sosiego y aligeramiento en las cargas de trabajo.


Las ideas de estas verdaderas filósofas del progreso, pensadoras de la funcionalidad y adalides del mejoramiento de las condiciones laborales y de los derechos sociales de las mujeres, cuyos cauces de propagación se reducían a la publicación de artículos en revistas femeninas y de libros muy especializados, lograron llegar a Europa. Encontraron su eco entre arquitectas y diseñadoras como Margarete Schütte-Lihotzky —cuya Cocina de Frankfurt marcó el inicio de la cocina modular producida en serie—, Benita Koch-Otte —autora de la cocina de la casa experimental Haus am Horm, concebida desde la prefabricación y la estandarización, reduciendo así los costes y tiempos de ejecución—, Truus Schröder —cuya concepción de la vida familiar impulsó viviendas flexibles y abiertas—, Lilly Reich —que contribuyó al desarrollo de la vivienda mínima con soluciones como el ‘armario-cocina’— o Emma Meyer —que defendió la colaboración entre proyectistas y usuarias como vía para racionalizar y simplificar las tareas domésticas—.

Esta exhibición es un claro y significativo ejemplo del trabajo silencioso —y muchas veces silenciado y eclipsado por la figura masculina del demiurgo creador— que, a lo largo de la historia, las mujeres han desarrollado en áreas como el urbanismo, la arquitectura, la ingeniería o el diseño. En el caso concreto de la muestra, nos podría llevar a pensar que, si tal como Mario Praz enunció “la casa es el hombre”, la mujer habría sido durante mucho tiempo el alma palpitante, vivificadora y motora de dicha morada.

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¿Qué exposición de diseño acoge el Museo Nacional de Artes Decorativas?
Hasta el 27 de septiembre, el museo acoge la exposición ‘Las ingenieras domésticas y la revolución de la cocina’. Comisariada por Andrés Alfaro y Remedios Samper, la muestra reúne cerca de 200 piezas históricas provenientes de la Colección Alfaro Hofmann y de los fondos del propio museo.
¿Cuál es el papel de las mujeres en la evolución del diseño doméstico según la muestra?
La exposición recoge las aportaciones de investigadoras, arquitectas y diseñadoras de los siglos XIX y XX. Estas mujeres propusieron un cambio de percepción crucial para integrar su vida en el nuevo orden social y económico, condicionando y revolucionando para siempre el diseño del espacio doméstico.









