El interiorista catalán da un salto cualitativo y enriquece su lenguaje característico en Relleno: un interior entre lo virtual y lo material, donde incorpora a un insólito espacio gastronómico las escenas de luz desarrolladas habitualmente en sus instalaciones museográficas.
Relleno: de la pasta al espacio
Hay algo envolvente en la manera que tiene Isern Serra de resolver sus interiores a partir de unos pocos instrumentos característicos, un desdoblarse hasta alcanzar con ellos territorios que no aparecían en el horizonte divisable desde el punto de partida. Se habla de su cálido minimalismo mediterráneo —continuador de la gran tradición barcelonesa— con el que interpreta en términos domésticos tiendas, showrooms y oficinas; pero están también sus museografías de luz y color. Se aprecia su sensibilidad material, inmediata; pero ahí están sus colaboraciones con artistas del metaverso digital, su capacidad para hacerlo tangible. Todo ello se despliega como un biombo en el que las distintas caras se articulan con una naturalidad pasmosa, sin que se vean las costuras ni las bisagras.

Relleno es otra muestra de ello y también un salto cualitativo. Este restaurante en Sant Gervasi materializa la narrativa de una empresa que comercializa cocina italiana basada en la pasta rellena, que el comensal puede customizar a su gusto. En Madrid el negocio se configura básicamente como un take away de comida a domicilio. Sin embargo, el local de Barcelona se concibe a la vez como punto de recogida y de degustación evitando cuidadosamente todos los estilemas de la trattoria: nada de maderas ni manteles de cuadros, todo son brillos metálicos y escenas de luz. La marca no apela a la tradición, sino a la conexión milanesa de lo italiano con la vanguardia de la moda y el design.

Una atmósfera entre Panton y el metaverso
El establecimiento se distribuye en dos plantas. Un vestíbulo de cinco metros de altura dominado por un mostrador de acero inoxidable y una lámpara de MK Furniture reciben al visitante que, sin solución de continuidad, se ve atraído a un túnel/corredor revestido de una malla de cojines de tela metalizada, metáfora de la especialidad italiana dispensada en Relleno: por una vez, Isern se confía a un motivo temático para articular el proyecto, “extensión tangible de su propuesta gastronómica”. Este ámbito es un lugar de espera para recoger los pedidos —que se entregan en ocho casillas encajadas en la cuadrícula— y también una barra de degustación.


La sala está en el nivel superior, donde la retícula de ravioli brillantes prosigue en el techo y en el gran sofá orgánico, que dibuja el vacío en torno a un pilar forrado de acero inoxidable. Un gran espejo duplica el espacio, contrapunteado por los taburetes naranja —color corporativo—, también de MK Furniture, y los veladores metálicos. Una caja de luz al final de la escalera cambia la tonalidad de las escenas y hace vibrar el conjunto. Un Isern mullido y futurista, virtual y real, que vuelve a conectar insólitamente con un universo a lo Verner Panton —que ya asomaba en Focacha y en Moco Museum— y, sin embargo, enteramente suyo.

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