Goodbye Berlin, de la coreógrafa y directora argentina Constanza Macras, no es una elegía nostálgica, sino una pieza que confronta imaginarios de la Berlín de la República de Weimar con derivas contemporáneas, en una aproximación lúdica y analítica sobre el mito de la ciudad. A través del baile, el canto, el relato y el teatro, esta obra representada con regularidad en la Volksbühne de Berlín despliega un recorrido marcado por el humor negro y la fragmentación escénica. Al frente de su compañía DorkyPark, Macras hace gala de su método característico: un collage donde danza, texto documental, música y videotransmisión en vivo se conjugan para radiografiar un organismo urbano en constante fuga, aunque siempre fiel a sus principios libertarios.
Paradojas berlinesas en la Volksbühne
Una victoria alada se acerca lentamente al proscenio, bate las alas y se desploma. Esta Goldelse de carne y hueso se cae nada más empezar; es el prólogo de todo lo que vendrá: el ideal clásico —el triunfo, la belleza, el progreso— se quiebra antes de que arranque el show, dejando claro que estamos ante una crónica del derrumbe. Apartado de la narrativa lineal, el montaje se mueve a partir de ahí como un mosaico en el que los tramos de contenido inconexo parecen enlazados por una corriente constante de drogas y sexo. Desnudos integrales, arneses, ropa interior negra, estética raver y leather-sadomaso reaparecen como motivos recurrentes.

Esta revue deMacras orbita entre el diagnóstico de una época y la relectura de Berlín como relato cultural. El título cita directamente la novela semiautobiográfica de Christopher Isherwood, Goodbye to Berlin, semilla literaria de Cabaret. A esa fuente se suma el ensayo de Kate Elswit, Watching Weimar Dance, brújula académica que guía el rastreo del legado de coreógrafos de entreguerras como Kurt Jooss y Valeska Gert, dos figuras convocadas para tensar la pregunta central de la obra: hasta qué punto la fascinación estética y la fascinación fascista comparten el mismo resorte.

Ese cruce entre ayer y hoy prosigue con los golpes de humor de Campbell Caspary, uno de los maestros de ceremonias del espectáculo. Su comicidad berlinesa, sus acrobacias y su número de bofetadas oscilan entre la sátira y el espanto histórico que sobrevuela la función. La pieza se sirve del imaginario del cabaret para intercalar atmósferas caleidoscópicas. Entre saltos temporales que desencadenan asociaciones entre pasado y presente, la coreografía mira tanto al Berlín de la República de Weimar como al del siglo XXI. El resultado es una construcción escénica densa en imágenes coloridas, donde el éxtasis sintético se contamina con una lectura irónica de los supuestos históricos y políticos de la ciudad.

Después de algunos bailes que combinan violencia controlada y twerking, Candaş Baş desarrolla un monólogo hilarante sobre las chemsex parties berlinesas. Con una mezcla de picardía y cinismo transmite que el Berlín de entonces no se distancia tanto del de ahora: había cientos de locales queer friendly, drogas, sexo y una ultraderecha en ascenso al poder. Goodbye Berlin dedica también un pasaje narrativo a Totenmal, la intervención coral que Mary Wigman montó en 1930, gesto que conecta la danza expresionista de Weimar con el lenguaje físico contemporáneo de DorkyPark, como si el espectro de aquella ceremonia ritual reapareciera disfrazado de club de música electrónica.

Del Berlín de Weimar a las chemsex
Los quince cuerpos de este elenco internacional —que encarna la esencia migrante de la capital alemana— traducen la fricción entre la memoria del Berlín libertino de los años veinte y treinta del siglo pasado y la realidad actual de las orgías politoxicómanas. Y lo hacen con una fisicalidad construida a partir de impulsos expresionistas y energía clubber. En esta gran densidad visual hay desde agrupaciones corales hasta apariciones solitarias, pasando por dúos, tríos o cuartetos. La música electrónica de Robert Lippok, la luz y la videotransmisión en vivo amplifican la sensación de encontrarnos en un entorno en constante agitación.

En medio de ese fluir, Steph Quinci protagoniza uno de los pasajes más ingeniosos de la dramaturgia. En su relato sobre la vida berlinesa de Isherwood, junto a Sally Bowles, sus alumnas, los anfitriones que lo alojaron… desliza de repente referencias contemporáneas a Spätis y after hours, como si el Berlín de hace un siglo y el de hoy compartieran el mismo resacón. Fernanda Farah, por su parte, brilla en sus números de baile y canto, puntos álgidos de la representación.

Otra escena significativa introduce un dispositivo giratorio: por delante, ninfas de blanco bailan con pureza litúrgica; por detrás, el mismo panel revela una bacanal techno, dos caras de una misma moneda separadas por unos centímetros de madera. Los operarios circulan a la vista del público en cada cambio de artilugios escénicos. Hasta aquí, el material es denso, inteligente, hasta divertido en sus mejores tramos. Sin embargo, dos horas y media de función ininterrumpida ensucian el ritmo de una propuesta que, por su propia naturaleza fragmentada, agota la capacidad de asimilación del espectador. El espectáculo, en su desenlace, pone a prueba más de lo necesario. El recurso de las barras de pole dance, eficaz y vistoso al principio, se repite hasta el desgaste: durante un cuarto de hora, el elenco al completo desfila por turnos en las tres barras, diluyendo el impacto inicial.

Las peleas, la violencia y Quinci bailando desnuda y cubierta de sangre completan un clima cada vez más funerario. En el clímax, el conjunto, en ropa interior, se pinta el cuerpo con rayas negras. Esa hilera de esqueletos baila poseída hasta que su imagen desaparece tras un cristal espejado móvil que los separa del espectador. En el otro lado, el reflejo distorsionado del público en el espejo, eco inequívoco del final de la película Cabaret, parece interpelar ¿quién de vosotros apoya ya a la AfD? No es casual: fue el avance inevitable del nacionalsocialismo el que precipitó la huida de Isherwood de Alemania. Si el ángel desplomado abre la obra y la danza macabra la cierra, este cabaret irreverente no es más que un memento mori transgresor.
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