La pregunta con la que la madre de Jaime Hayón se acercaba afectuosamente a su hijo cuando estaba trabajando para interesarse por lo que hacía es el título y el desencadenante de esta exposición en la galería de la sede de St. Leo, durante los 3 daysofdesign de Copenhague. El homenaje a la curiosidad, al optimismo y a la vitalidad que Raquel inspiró a su hijo se convierte en una propuesta sobre el modo de acercarse a su imaginario. La muestra estará abierta todo el verano hasta septiembre.
Jaime Hayón y el origen íntimo de la creación
Cuando Marcel Wanders presentó en Milán, hace ya casi veinte años, susPersonal Editions, decía esto en el texto introductorio: “En la medida en que el gran arte quizá haya perdido su significado y su propósito en nuestras vidas cotidianas al volverse cada vez más abstracto y aislado en su propio mundo, el diseño puede ser el espíritu creativo que conecte con la gente de modo intensamente personal”. Uno puede ponerle las objeciones que quiera a la proclama, pero no cabe duda de que el diseñador neerlandés estaba detectando una grieta que intentaba convertir en veta escarbando en las prácticas y contenidos que se habían precipitado por ella.

Tampoco cabe duda de que el modo de entender el diseño de Jaime Hayón explota esa veta a su manera, que no es la misma que la de Wanders. Sin embargo, esta exposición casi íntima que el madrileño ha inaugurado en el marco de los 3 daysofdesign de Copenhague pone en primer plano esa apelación a lo “intensamente personal”, es decir, a lo específicamente emotivo. Jaime rinde en ella homenaje a Raquel, su madre, como si la selección de piezas hubiera sido convocada directamente por la frase —que da título a la muestra— con la que ella solía asomarse a su hombro para interesarse por su trabajo: Jaime, ¿qué estás haciendo? Obsérvese que se trata de uno de esos dichos maternos que, según cómo se entone, puede revelar tanto curiosidad afectiva como recelo, prevención o preocupación: una madre es un ser amoroso y preocupado. Incluso una cosa y otra al mismo tiempo: a ver qué haces no sea que te las tengas que ver conmigo, jovencito.


La emoción como materia de diseño en Copenhague
El universo creativo de Jaime Hayón se expande de un modo orgánico y envolvente, como una especie de micelio narrativo embrionario que nace en sus dibujos. Esa materia gráfica genera personajes y estos mutan en muebles, figuras tridimensionales, instalaciones y espacios. Explicarlo —o, más bien, hacerlo visible— requiere una mano comisarial que subraye y ponga de manifiesto las resonancias entre unos soportes y otros, entre unas y otras escalas, desde los cuadernos desbordantes de bocetos hasta las distintas iteraciones y mutaciones, que no siguen necesariamente la rutina convencional del proyecto.


Aquí no hay nada de eso. Tampoco piezas nuevas. Lo que Jaime propone es algo así como una jam session en la que no hay más hilo conductor ni motivo que el valor inspirador de su madre para su propio trabajo. A ella le atribuye “una visión de la vida marcada por el optimismo, la generosidad y el entusiasmo” sintetizada en la frase desencadenante de la exhibición. Las vinculaciones entre dibujos y pinturas, tapices-máscara, muebles-personaje y otras criaturas de vidrio y cerámica perfectamente reconocibles de Hayón obedecen a la evocación privada y emotiva. Su entreverado con fotos del álbum familiar, objetos personales y frases caligrafiadas por el diseñador evidencian esa corriente evocadora como hilo conductor.


La exposición se apropia de la galería de la sede de St. Leo, empresa danesa que produce pinturas decorativas, acabados murales y, en su agenda de expansión próxima, también mobiliario e iluminación. En ella reina un orden aleatorio, aunque no gratuito, al modo de los cadáveres exquisitos que tanto gustaban a los surrealistas. Su núcleo es un ambiente denominado Raquel’s Room, donde Jaime Hayón recrea libremente en términos tridimensionales una de sus pinturas, como una especie de sancta sanctorum risueño que algo tiene también de juego daliniano. La celebración privada se convierte así en un manifiesto público, como si en realidad todo fuera un scrapbook que ha cobrado vida. Al mostrar la entraña emotiva y vitalista que mueve su obra y el eco en él del legado de su madre, Jaime nos enseña el modo en que le gustaría que nos relacionáramos con sus criaturas, ese registro inmediato y personal que el gran arte ha dejado en sus márgenes y que el diseño se afana por rescatar.
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