Hay criaturas que han sobrevivido durante cientos de millones de años sin ocupar apenas espacio en el imaginario colectivo. El cangrejo herradura es una de ellas. A partir de este animal prehistórico, cuya característica sangre azul sigue siendo esencial para la medicina contemporánea, Hannah Levy ha construido en Blue Blooded una reflexión escultórica sobre las infraestructuras invisibles que sostienen nuestro mundo. Sus formas esqueléticas, realizadas en acero inoxidable, vidrio azulado y silicona podrán verse hasta julio en el Museo Fundación Constantino Nivola, en Orani, Italia.
¿Quién es Hannah Levy?
Formada en Bellas Artes en la Cornell University (Ithaca) y en la Städelschule de Frankfurt, Hannah Levy es una joven artista neoyorquina cuya obra bebe de la arquitectura y del diseño industrial. Su interés por la relación entre los objetos, el espacio y el cuerpo conforma una trayectoria que, en apenas una década, ha alcanzado una notable proyección internacional. En pocos años, ha pasado de las aulas de Cornell a algunos de los ámbitos más visibles del arte contemporáneo actual. En el MoMA PS1, formó parte de la exposición colectiva Past Skin celebrada en 2017; y ya en 2021, en The High Line de Nueva York, presentó Retainer: una monumental interpretación de un retenedor dental en mármol y acero inoxidable. Asimismo, para la 59ª Bienal de Venecia, participó en The Milk of Dreams, una exhibición comisariada por Cecilia Alemani, donde ya aparecían algunas de las constantes de su práctica presentes también en Orani: prótesis, membranas y formas híbridas inquietantes.

Su obra, en conjunto, explora el territorio ambiguo que hay entre el diseño y la escultura. Un territorio donde el espectador no sabe exactamente si observa un exoesqueleto animal o una pieza de mobiliario contemporáneo. Levy combina acero pulido, aluminio, silicona, vidrio y piedra para crear siluetas de apariencia tech y pulso orgánico. Esa tensión material y formal la acerca a Meret Oppenheim, Louise Bourgeois o Robert Gober. Como ellos, Levy emplea enseres y formas reconocibles. Sin embargo, donde Bourgeois exploraba la memoria y Gober introducía el cuerpo en el objeto cotidiano, Levy desplaza la mirada hacia los sistemas biológicos y tecnológicos que sostienen la vida contemporánea.


Blue Blooded. La sangre del cangrejo herradura
En Blue Blooded, Hannah Levy toma como punto de partida al cangrejo herradura, una criatura prehistórica cuya sangre azul es utilizada por las grandes farmacéuticas y laboratorios para garantizar la seguridad de vacunas y dispositivos médicos. Una sustancia cuya extracción provoca cada año la muerte de miles de ejemplares. Esa contradicción recorre toda la exhibición, revelando hasta qué punto la medicina continúa dependiendo de organismos que habitaban la Tierra mucho antes de nuestra aparición como especie. Al mismo tiempo, sitúa en primer plano los dilemas éticos que surgen cuando nuestra supervivencia descansa sobre la explotación de otras criaturas, como sucede con el cangrejo herradura. A partir de este hecho, Levy pone el foco en los aspectos que vinculan la investigación farmacéutica con el mundo animal. Y lo hace a través de una serie de esculturas donde la ingeniería y la biología, la reliquia y el artefacto comparten la misma anatomía. No lo hace representando a este artrópodo, sino transformándolo en una metáfora de las infraestructuras invisibles que mantienen nuestra vida.

En la instalación central, una gran composición de acero inoxidable y silicona ocupa el ambiente principal del antiguo lavadero. La función previa de este lugar introduce una resonancia inesperada con los fluidos, procesos y transformaciones de la muestra. Largas patas metálicas proyectan una presencia ambigua, entre sombrilla, exoesqueleto y criatura marina. Esa indefinición es precisamente una de las estrategias de Levy: nunca queda claro si observamos un ser vivo, una máquina o el vestigio de algo extinguido. Otras piezas reproducen en aluminio fundido los caparazones del cangrejo de herradura. Realizados mediante moldes de fundición a la cera perdida, estos trabajos trasladan la morfología del animal al lenguaje escultórico. Ya sean las esferas de vidrio azul, las creaciones murales de aluminio y vidrio o las siluetas rematadas por garras metálicas, todas las obras construyen un entorno situado entre el fósil, la fauna marina y el objeto industrial. En ese color se concentra una de las claves de Blue Blooded: la belleza casi hipnótica de una sangre convertida en herramienta sanitaria.

Del fósil al futuro
Más que una denuncia explícita, Hannah Levy señala la fragilidad de los sistemas que hacen posible nuestra existencia. Resulta difícil no pensar en la paradoja que impregna toda la propuesta: una parte de la salud de millones de personas depende todavía de una criatura anterior a los dinosaurios. Los volúmenes sirven, de ese modo, como un recordatorio de que muchos de los mecanismos que garantizan nuestra supervivencia proceden de un pasado remoto, un punto donde prehistoria y futuro parecen compartir el mismo esqueleto.

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