Érase una vez un roble rojo, un arce duro y un abedul amarillo que viajaron a mediados de junio al festival 3daysofdesign en Copenhague para demostrar que la arquitectura y el diseño sostenible pueden ser, al mismo tiempo, una estructura firme y un suspiro efímero.
Un mapa de AHEC que arranca en el bosque
La madera suele ser ese material rotundo que se planta en el suelo con todo su peso, creciendo hacia arriba en un tiempo extremadamente lento que se mide en siglos. Un pacto vertical con la gravedad que habita el 31% de la superficie terrestre total. Ese gigantismo estático cambia de ritmo cuando entra en el circuito del diseño global. De todos los trayectos posibles que realiza esa masa forestal, hay rutas singulares que transforman este elemento por completo. Y esto que vamos a contar es el viaje de unas maderas concretas: un itinerario que arranca en los bosques de Estados Unidos, hace escala técnica en Londres y aterriza en Copenhague. Una travesía cosmopolita donde todo ello se va despojando de su rigidez original para ensayar, justamente, el poder de lo efímero.

Como en todo cuento que se precie, esta travesía necesita de sus propios personajes para que ocurra el milagro. El primer impulso llega desde el otro lado del Atlántico con la asociación AHEC (American Hardwood Export Council), los guardianes que seleccionan la materia en los bosques americanos y la lanzan al mapa. El relevo lo toma el estudio londinense Mitre & Mondays, que actúan como los estrategas conceptuales: un laboratorio que prefiere escuchar a los componentes antes que forzarlos, retándolo sobre el papel para dibujarlo flotando. Por último, el engranaje se cierra con las manos de Benchmark, los maestros ebanistas británicos capaces de desafiar la gravedad en el taller y convertir esos dibujos en una realidad física y ultraligera.


El destino final de esta carambola es el festival 3daysofdesign en Copenhague, y el escenario elegido es el antiguo almacén portuario de Gammel Dok: un edificio de piedra que hoy funciona como centro de la arquitectura danesa. Más concretamente, la cita a mediados de junio fue en la sección Material Matters —un ámbito dedicado a estirar los límites de la materia— y es aquí donde las verdaderas protagonistas de nuestro cuento muestran su cambio: tres especies donadas por los aserraderos de Estados Unidos, el roble rojo, el arce duro y el abedul amarillo, que llegan dispuestas a romper con todo lo que esperamos de ellas. Tres maderas que se desdoblan para demostrar que pueden ser, a la vez, arquitectura firme y pura ligereza efímera. Sin embargo, para este tridente creativo la ligereza no era solo una búsqueda estética sino una necesidad ecológica. Es por eso que el proyecto se concibió bajo una premisa radicalmente sostenible: cero residuos, un impacto de carbono mínimo y la garantía de que cada pieza pudiera desmontarse, reutilizarse o volver a la tierra sin dejar huella. Mover el mínimo peso posible por el planeta para escuchar, de verdad, lo que el material pedía.

Wood for the Trees: la dualidad entre el aire y la tierra
Con estas cartas sobre la mesa, la madera estaba lista para su gran función dentro de Gammel Dok. Al cruzar el umbral de la instalación, el espacio se rompía en una dicotomía brutal: la visión ingrávida frente a la tectónica. Arriba, el truco visual era instantáneo. Sobre las cabezas de los visitantes flotaban unas hojas de madera tan finas que parecen sábanas tendidas al sol o ropa puesta a secar que se menea suavemente con las corrientes de aire. Esta masa aérea y casi incorpórea parecía encarnar la volatilidad del momento actual, la incertidumbre del cambio climático y la fragilidad del ecosistema; una vulnerabilidad que se volvía literal gracias a las proyecciones de vídeo que caían sobre ellas, con imágenes que iban y venían como ráfagas de luz efímera sobre un soporte inestable.

Abajo, en cambio, el suelo reclamaba el origen. En contraste con esa nube, la materia recuperaba su corporeidad a través de una serie de bancos y aspas rotundas que anclaban a la tierra. Elementos masivos que obligan al cuerpo a interactuar y a sentir la resistencia física del árbol para recordarnos el tiempo real del bosque: un árbol tarda 100 años en crecer. Estos tótems exigen paciencia, advirtiendo que la gestión forestal no entiende de las prisas del diseño actual, sino de la permanencia y la lentitud de un ciclo que se mide en siglos.

El veredicto de Copenhague: el valor del tiempo lento
No es una contradicción azarosa, sino la respuesta más cruda al manifiesto que este año ha lanzado Signe Byrdal Terenziani desde la dirección del 3daysofdesign. Bajo el lema Make This Moment Matter, el festival de Copenhague ha plantado cara a la sobreproducción y a la velocidad absurda a la que consumimos y desechamos las cosas, exigiendo al diseño que deje de generar ruido visual para empezar a crear una memoria colectiva con propósito.

El cuento de este roble, este arce y este abedul culminaba precisamente ahí, dando pleno sentido a la llamada de atención del evento. El viaje de estas maderas por el mapa demuestra que todavía es posible desafiar la gravedad para obligarnos a mirar el presente: volátil y frágil como las sábanas suspendidas sobre nuestras cabezas. Pero también recuerda que la verdadera responsabilidad de la disciplina permanece abajo, porque para que el ahora importe de verdad, antes hay que aprender a respetar el tiempo lento de las cosas que necesitan un siglo para construirse.

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