Hasta el 15 de noviembre de 2026, el CID Grand-Hornu dedica a Damien Gernay Mimesis, una exposición sobre la sospecha de las superficies: piezas donde cuero, vidrio, metal o resina dejan de comportarse como certezas y convierten la naturaleza en artificio, percepción y muchas dudas.
Mimesis: el artificio de lo natural
Durante mucho tiempo, el diseño mantuvo una ética simple: cada material debía parecer lo que era. Pero esa sinceridad, que nos ayudó a reconocer y ordenar el siglo XX, se ha convertido hoy en otro territorio conquistado por la ambigüedad. Cuero que emula al agua, vidrio que se confunde con piedra, resina que evoca mineral, metal que adopta gestos vivos. No se trata solo de recuperar el trampantojo, sino de desplazarlo: del ojo a la mano, de la (des)ilusión visual a una pregunta más amplia sobre nuestra relación con la naturaleza. Tal vez en este instante, lo natural no sea lo contrario de lo artificial, sino uno de sus campos de representación más sofisticados. ¿Hasta qué punto el vínculo con lo orgánico está atravesado por el artificio?

Joyce Lin concibe muebles que simulan organismos hiperartificiales entre el objeto funcional, el espécimen botánico y la ficción matérica. Marius Ritiu traslada la escala geológica y cósmica: esculturas de cobre que se presentan como meteoritos y rocas errantes. Joris Laarman no opera tanto en la superficie como en la estructura, con piezas que imitan procesos naturales, algoritmos de crecimiento y formas de eficiencia viviente que llevan los componentes al límite. Ninguno de ellos hace exactamente lo mismo, pero todos participan de una transición análoga: el diseño ya no se limita a modelar su materia; también la vuelve narrativa, inestable, sospechosa. Nada es lo que parece. Todos ellos tienen algo en común con la práctica de Damien Gernay, protagonista de Mimesis, la exposición que el CID Grand-Hornu le dedica como revisión de dos décadas de investigación alrededor de la naturaleza, la fisicidad y la artesanía.

Diremos como nota biográfica que Gernay nació en la periferia de París 1975 y estudió diseño en la École Supérieure des Arts Saint-Luc de Tournai, en Bélgica. Después trabajó en escenografía para danza contemporánea y teatro, fue residente en Le Fresnoy —un centro francés dedicado a prácticas artísticas interdisciplinares— y en 2007 fundó su propio estudio en Bruselas. En Gernay no hay el despliegue de ingenio de Ritiu ni el virtuosismo técnico de Lin o Laarman, su lenguaje nos habla en un tono más bajo, pero es casi un susurro constante que nos obliga a detener la lectura inmediata de la materia. Hay cierta tensión entre lo que vemos, lo que recrea y de qué está hecho; esa tensión construida con esos tres ejes es la clave más relevante de su obra.

Damian Gernay en el CID Grand-Hou
Usemos como ejemplo Mer Noire: una mesa de cuero y acero, cuya superficie tiene la rugosidad del agua de un mar oscuro. En Glaz, el vidrio plateado termoformado convierte el espejo en un plano vacilante, próximo a una ola, a una formación mineral o a un accidente detenido. Nos devuelve una imagen fragmentada, deforme, el antifiltro de Snapchat. En otras de sus creaciones aparecen el bosque, la roca, el fuego, la corteza, la piel o la erosión, pero nunca como motivos decorativos. Gernay no emplea la naturaleza como iconografía, sino como régimen de percepción. Sus elementos —cuero, vidrio, metal, madera, piedra, resina, gres— se muestran siempre en proceso de traducción y sus objetos adquieren el comportamiento de un paisaje. Hay en su porfolio un equilibrio muy medido entre control y deriva. La pieza se exhibe cuidadosamente dirigida, pero no elimina del todo lo imprevisto porque deja que el desarrollo, la irregularidad y el error participen en el resultado final.

Mimesis puede leerse como algo más que una exposición sobre un diseñador especialmente hábil con los acabados. La obra de Gernay pertenece a un momento en el que el diseño de colección ha dejado de buscar relevancia únicamente en la función y la encuentra, cada vez más, en la capacidad de producir experiencia, historias y duda. No conviene reducir esta tendencia a una estética de la posverdad: sería una fórmula demasiado simple para un fenómeno que también habla de artesanía, de tecnología, de naturaleza, de mercado y de deseo material. Pero sí resulta pertinente leerla desde una cultura que ha visto erosionarse la confianza en las imágenes. La inteligencia artificial ha vuelto inestable la distinción entre lo real y lo generado, y cierta zona del diseño parece trasladar esa incertidumbre al territorio físico. En Gernay, la materia no se limita a estar ahí: comparece, actúa y, llegado el caso, también sabe mentir.


Ese desplazamiento no pertenece solo al diseño porque forma parte de un fenómeno cultural más amplio, capaz de proyectar inestabilidad en objetos que podemos rodear, tocar o usar y cuyas superficies prometen una cosa y son otra. Frente a una mesa que parece agua, un espejo que parece piedra o una lámpara que parece organismo, nuestros sentidos siguen funcionando, pero ya no bastan del todo como prueba. Lo real no desaparece, pero se vuelve negociable, anfibio, sospechoso. Y quizá por eso estas piezas resultan tan precisas para leer el presente, porque muestran —con una calma material casi inquietante— que el mundo se está convirtiendo en pura psicodelia.

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