La arquitectura tradicional de Pāvilosta tiene pocas dudas sobre el aspecto de una vivienda. MADE arhitekti parte de su reconocible cubierta a dos aguas para diseñar la ampliación de una residencia frente al Báltico y someterla después a una torsión inesperada. ¿Cuánto puede deformarse una casa sin dejar de pertenecer al lugar?
Una casa de madera frente al Báltico
En arquitectura, respetar el contexto puede acabar siendo una manera bastante eficaz de no hacer nada. Repetir una pendiente, escoger un material conocido y mantener una escala prudente son recursos capaces de garantizar cierta integración, aunque no necesariamente buena arquitectura. MADE arhitekti parece haber sido consciente del problema cuando recibió el encargo de ampliar una vivienda en Pāvilosta, una pequeña localidad de la costa occidental de Letonia donde la imagen de la construcción autóctona continúa estrechamente vinculada a los volúmenes longitudinales y las cubiertas inclinadas.

El planteamiento tampoco pedía grandes extravagancias. Los propietarios necesitaban un edificio complementario a su residencia principal, situada en la parcela contigua, que pudiera alojar invitados y disponer de una gran zona donde reunirse. La respuesta comienza con una planta en L que protege un patio y distribuye cuatro dormitorios hacia la calle, agrupados por parejas, mientras reserva el brazo de mayor tamaño para el ámbito común y la cocina. Hasta aquí, pocas sorpresas.

Del tejado a dos aguas al espacio interior
Es al levantar la mirada cuando el proyecto empieza a complicarse. Desde la calle, MADE conserva el perfil a dos aguas de las construcciones de Pāvilosta. Después, la cumbrera abandona progresivamente su posición y el tejado se retuerce hasta transformar aquella casita reconocible en un volumen bastante más difícil de domesticar. Los arquitectos relacionan esta deformación con el viento, el agua y las dunas de una costa báltica en permanente metamorfosis. La explicación corre el riesgo de caer en ese conocido repertorio de edificios que aseguran haber sido dibujados por las fuerzas de la naturaleza. Por suerte, en este caso la metáfora tiene consecuencias constructivas. La torsión modifica las secciones, altera la percepción del volumen y obliga a una cubierta de pizarra natural a adaptarse a una geometría que poco tiene que ver con el tejado convencional que parecía anunciar la fachada.


Debajo aparece una estructura de muros portantes de CLT y madera laminada encolada sobre cimentación de hormigón. La madera queda ampliamente expuesta en el interior y permite entender que aquella pirueta exterior no es únicamente un sombrero colocado sobre un cuerpo indiferente; es por ello que la cubierta acaba condicionando la altura, la inclinación y el carácter de los ámbitos que protege.

La planta acompaña el cambio de escala, ya que, en el extremo más estrecho, los cuatro dormitorios mantienen una condición recogida y bastante convencional. Al girar hacia el jardín, la casa ensancha progresivamente su sección hasta desembocar en la gran estancia colectiva. Una apertura acristalada de diez metros orientada al oeste que puede prácticamente borrar uno de sus límites y prolongar el interior hacia el patio.

La operación tiene algo de truco bien ejecutado. MADE comienza hablando el idioma de las casas vecinas para ir introduciendo un acento cada vez más extraño. No necesita enfrentar tradición y contemporaneidad como dos posiciones irreconciliables, sino que utiliza una para deformar la otra. Por ello la radicalidad de Pāvilosta House depende de una figura que todos reconocemos. Sin el tejado a dos aguas inicial, la torsión perdería buena parte de su fuerza; sin ella, estaríamos ante otra correcta interpretación de la arquitectura local. El proyecto necesita ambas cosas y acepta esa contradicción. Al final, para pertenecer a un lugar no siempre hace falta quedarse quieto.

En este enlace puedes leer más artículos sobre arquitectura residencial.











