El colectivo japonés Mé incrusta en una vivienda de esta ciudad un episodio geológico en forma de caverna que remite a los tiempos remotos en que la actividad volcánica dio lugar a las famosas fuentes termales que la caracterizan.
Mé reabre la memoria geológica
Pongamos primero algo de contexto. Kannawa es el corazón residencial de Beppu, en la prefectura japonesa de Oita. Sus manantiales termales de aguas muy calientes, que ostentan nombres como Estanque del Infierno Sangriento o El Infierno de Beppu, fueron antaño percibidos como lugares de maldición y oscuros presagios, pero hoy se asocian al bienestar y se valoran sus cualidades sanadoras como en todo balneario.

El colectivo Mé —Haruka Kojin, Kenji Minamigawa e Hirofumi Masui— ha intervenido allí sobre una vivienda común, sin atributos especiales, abriendo en ella una grieta perturbadora y practicable cuyo interior se presenta como un paisaje cavernoso. El trío de marras incrusta así un episodio geológico en el orden rutinario de la ciudad, un vislumbre de los tiempos en que la actividad volcánica forjó los infiernos termales, apenas pautado irónicamente por las tenues barandillas metálicas que acotan el recorrido y previenen la caída de bruces en la realidad cotidiana.

Space II: una grieta habitable
La instalación tiene dos momentos: desde fuera, la sacudida de la grieta, la perturbación del orden; desde dentro, la inmersión en una dimensión alternativa —natura vs cultura— y la invitación a mirar de vuelta a ese orden perturbado. Es un umbral, pero también el mirador hacia el punto de partida que remata toda promenade architecturale que se precie, como bien sabía Le Corbusier. “Un agujero abierto en el mundo”, dicen ellos, “un modo de ver ciudades, casas y personas como naturaleza”.


Space II se presenta como contraparte de otra intervención precedente —Space (2020)— donde una vivienda era atravesada por un túnel prismático, limpio y regular, dispuesto como una galería de arte. Al final, todas las obras de Mé persiguen esa misma idea de “encontrarse con el mundo (…) como si el orden de las cosas se hubiera olvidado”. Lo consiguen con una inmediatez fresca y algo gamberra, sin darse demasiada importancia. En los Veranos de la Villa madrileños de 2024 pudimos ver sus caras-globo flotando sobre la capital—Masayume (2019-24)— y en el Mori Art Museum de Tokio convirtieron una ola en objeto museable.

¿Acaso el arte es otra cosa que combinar los materiales que tenemos ante la vista o en la mente de otra manera? Ese acto de disrupción combinatoria crea un sentido que no es del todo independiente de aquel sentido común del que proceden sus elementos. A veces, esa alteración es halagadora y, a veces, inquietante. El manual de instrucciones de Mé es claro: “Sal de la ciudad mientras permaneces en ella. Desde ahí, echa otro vistazo”.

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¿Qué es el colectivo artístico japonés Mé y cuál es su enfoque creativo?
Mé (que significa ‘ojo’ en japonés) es un aclamado colectivo de arte contemporáneo liderado por la artista Haruka Kojin, el director Kenji Minamigawa y el instalador Hirofumi Masui. Su trabajo se centra en manipular la percepción espacial y alterar la realidad física del espectador. Mediante instalaciones hiperrealistas e inmersivas (como océanos escultóricos o formaciones rocosas), consiguen que lo cotidiano se transforme en una experiencia inquietante y profundamente asombrosa.
¿Cómo interpreta la arquitectura y el arte japonés la relación con la naturaleza salvaje?
Históricamente, la arquitectura tradicional japonesa ha buscado difuminar la frontera entre el interior doméstico y la naturaleza exterior (a través de elementos como el ‘engawa’). Sin embargo, en el arte y el diseño contemporáneo, esta relación a menudo se radicaliza. Proyectos como ‘Space II’ no buscan un paisajismo domesticado, sino incrustar la naturaleza cruda, telúrica y volcánica directamente en el espacio habitable, recordando la vulnerabilidad humana frente a las fuerzas geológicas del planeta.










