Una colina, un puñado de cubiertas inclinadas y la tierra valenciana ascendiendo por los muros hasta confundirse con ellos. En Clos de la Vila, Ramón Esteve ha transformado la memoria constructiva del paisaje en una composición abstracta y fragmentada, donde cada volumen parece haber encontrado, por fin, su lugar.
Clos de Vila y la medida del terreno
Antes de ser arquitectura, Clos de la Vila se podría haber considerado una manera de recorrer una ladera. Y es que el terreno donde se asienta apenas era una sucesión de pendientes con la presencia continua del horizonte y de esa luz mediterránea que convierte cualquier relieve en espesor. Posiblemente por ello, la intervención de Ramón Esteve ha evitado responder con un volumen compacto, entendiendo que una pieza única impondría una escala ajena al enclave. Es por eso que la estrategia ha sido otra: deshacer la masa construida hasta convertirla en una secuencia de cuerpos que avanzan, retroceden y se deslizan unos respecto a otros, como si cada uno se hubiese topado con su propia posición sobre la tierra.

Las referencias a las construcciones vernáculas aparecen, pero nunca como una alusión literal. La cubierta inclinada permanece mientras la casa tradicional desaparece; allí donde antes existía un único tejado a dos aguas, ahora se contempla una constelación de cubiertas a un agua que recompone el perfil de la vivienda mediante una cadencia topográfica. Esteve no se ha decantado por reinterpretar una imagen conocida, sino por comprender las reglas que la hicieron posible: protegerse del sol, prolongar la sombra, recoger el agua y establecer una proporción reconocible con el paisaje agrícola que la rodea.

La casa que respira de Ramón Esteve
Los pequeños desplazamientos entre bloques de Clos de Vila producen mucho más que una composición formal. En esas fisuras aparecen los accesos, los porches, las terrazas; áreas donde el aire cambia de temperatura y la luz pierde intensidad antes de alcanzar el interior. La arquitectura no traza únicamente las estancias porque conforma transiciones, e incluso el estuco parece participar en dicha operación. Su tonalidad recoge el color mineral del suelo valenciano y asciende por la base de los muros como si la propia tierra siguiese elevándose hasta sostener el conjunto. Sobre ella, una textura más clara recibe la claridad con otra densidad, a la par que las cubiertas completan una silueta cuya fuerza no depende del contraste, sino de la linealidad.

Al cruzar el umbral, desaparece la sensación de entrar en un edificio. El mismo pavimento acompaña el recorrido sin interrupciones, atraviesa las salas y alcanza el exterior con la naturalidad de quien nunca ha entendido la existencia de un límite concreto. Los pies siguen caminando sobre la misma superficie, pero cambia la temperatura, cambia el sonido, cambia el olor de la vegetación, pero no la arquitectura. Entre tanto, el patio emerge igual que un punto para la pausa; en él los cítricos filtran la iluminación, proyectan sombras irregulares sobre el suelo continuo y dejan en el aire un aroma que acompaña el recorrido. Alrededor de ese vacío se ordena toda la vida cotidiana: las estancias comunes se expanden sin obstáculos, enlazando unas con otras; en cambio, el ámbito privado reduce el ritmo, comprime las perspectivas y convierte la madera termotratada de carpinterías, revestimientos y mobiliario integrado en un contrapunto cálido frente al carácter mineral del estuco y la resina.


Ramón Esteve ha trabajado la materia para que envejezca con la misma serenidad que los algarrobos, los almeces o los cipreses que rodean la parcela; mientras que la piscina apenas altera la horizontal del terreno cuando el agua permanece inmóvil. Al caer la tarde, en Clos de Vila las cubiertas dejan de percibirse como volúmenes independientes y comienzan a confundirse con la pendiente. Solo permanece una línea quebrada recortándose sobre el cielo, mientras la última luz resbala lentamente por el estuco color tierra antes de desaparecer.

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