La estirpe de arquitectura alemana que esculpió Berlín

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La fisonomía urbana de Berlín no se entiende como la evolución plácida de una metrópoli, sino como un laboratorio de rupturas dogmáticas. A lo largo de dos siglos, la capital alemana ha servido de bastidor para creadores que rechazaron los cánones de su tiempo para refundar el espacio público. De la solemnidad prusiana a la deconstrucción contemporánea, pasando por el delirio monumental del Tercer Reich, dieciséis figuras fundamentales componen la estirpe de arquitectos que ha dado forma a la identidad de la ciudad.

Arquitectura alemana: hormigón y reconstrucciones líricas

El lenguaje formal y estético del Berlín institucional nace a principios del siglo XIX con Karl Friedrich Schinkel, estandarte del neoclasicismo y arquitecto estrella de la familia real prusiana. Obras como la Neue Wache (1818), el Altes Museum (1830) o el Schauspielhaus (1821) en Gendarmenmarkt dotaron a la urbe de una grandiosidad cívica donde la sobriedad griega se alió con la ambición estatal.

arquitectura alemana, Berlín
Gartenstadt Falckenberg. Bruno Taut. ©paconeumann

Esta vocación por la gran escala derivó un siglo después en megalomanía autoritaria con la arquitectura del régimen nacionalsocialista. Mientras Ernst Sagebiel traducía esa retórica del poder en gigantescos complejos administrativos de piedra y acero —como el Ministerio del Aire (Detlev-Rohwedder-Haus, 1936) o el desmesurado pabellón de Tempelhof (1936-1941)—, Albert Speer, arquitecto de cabecera de Hitler, llevó el delirio a la escala urbana. Diseñador de la nunca construida Welthauptstadt Germania, Speer proyectó volúmenes desproporcionados concebidos para aplastar al individuo, cuyo rastro físico posee hoy en vestigios como el Schwerbelastungskörper —el cilindro de hormigón para pruebas de carga en el suelo— o los esquemas de la Nueva Cancillería.

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Seerose. Potsdam. Ulrich Müther. ©paconeumann

Tras la devastación de la Segunda Guerra Mundial, la respuesta de la arquitectura moderna tuvo su laboratorio colectivo en la Exposición Internacional de Construcción de 1957 (Interbau 57). Concebida en Berlín Oeste como la reedificación modélica del barrio Hansaviertel, la muestra reunió a la vanguardia internacional para erigir un conjunto residencial ligero, ajardinado y abiertamente opuesto a la monumentalidad totalitaria. En ese marco de regeneración urbana, Egon Eiermann demostró cómo dialogar con la ruina. Su intervención en la Kaiser-Wilhelm-Gedächtniskirche (1961) integró la nave bombardeada con un hexágono de bloques de cristal azul, una maestría técnica y una sensibilidad que ya había ensayado en el propio Hansaviertel con su emblemático edificio residencial de balcones volados.

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Bartningallee 2. Hansaviertel Egon Eiermann. ©paconeumann

Junto a él destaca Otto Bartning, figura puente imprescindible entre la vanguardia de entreguerras y la posguerra. Coautor del manifiesto del colectivo Der Ring en los años veinte, director de la Bauhochschule de Weimar (1926-1930) y participante en la planificación de Siemensstadt, Bartning fue de los pocos arquitectos modernos que permaneció en Alemania durante el nacionalsocialismo. Tras 1945, su figura fue decisiva: no solo levantó sus célebres iglesias funcionales (Notkirchen) sobre los escombros de todo el país, sino que dirigió la reconstrucción urbanística del Hansaviertel, donde la avenida Bartningallee rinde homenaje a su legado urbanístico, aunque ningún edificio allí lleve su nombre.

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Tempelhofer. Feld Web. ©paconeumann

Expresión, curva y la utopía cívica del espacio público

Frente a la rigidez ortogonal, el Berlín de entreguerras experimentó con el dinamismo de la línea curva. Erich Mendelsohn revolucionó el paisaje comercial de la capital con la reforma del Mossehaus (1921-1923) y el complejo de la Lehniner Platz (1926-1931), hoy sede de la Schaubühne, donde la horizontalidad fluida y los ventanales en banda tradujeron el pulso acelerado de los años veinte. Antes de que su condición de arquitecto judío le forzara al exilio en 1933, dejó para la historia su obra cumbre expresionista, la Einsteinturm (1921), en la vecina Potsdam.

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Einsteinturm. ©paconeumann

Esa búsqueda de formas orgánicas tuvo su marco teórico en Hugo Häring. Además de compartir estudio con Mies van der Rohe y de promover el Neues Bauen, Häring impulsó en los años veinte una arquitectura basada en la función biológica y la integración con la naturaleza, como manifestó en las viviendas de la Grosssiedlung Siemensstadt (1929-1931) o la urbanización Tío Tom en Zehlendorf (1925-1927). El impulso orgánico y centrado en el individuo, truncado tras la llegada del nacionalsocialismo, renacería en la posguerra de la mano de su seguidor Hans Scharoun, cuya Philharmonie (1963) en el Kulturforum colocó la orquesta en el centro de un anfiteatro en terraza para crear un ambiente democrático de acústica excepcional.

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Wohnstadt. Carl Legien. ©paconeumann

Por su parte, Bruno Taut llevó esta vocación cívica a la vivienda social del Berlín de entreguerras. Como arquitecto clave del expresionismo y enamorado del color, proyectó entre 1924 y 1931 alrededor de doce mil viviendas en la capital —más de diez mil de ellas para la promotora pública GEHAG— en barrios ajardinados como la Hufeisensiedlung (La Herradura) en Britz (1925-1931), la urbanización Falkenberg (1912-1916) o la Wohnstadt Carl Legien (1928-1930).

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Gropiusstadt. ©paconeumann

Del funcionalismo al nuevo Berlín

El dogma del funcionalismo tuvo a su gran pionero en Walter Gropius. Fundador de la Bauhaus y referente de la renovación racionalista, su visión urbanística quedó ligada a Berlín a través del Masterplan para Gropiusstadt (1962-1975), una ciudad satélite concebida originalmente por él como un barrio residencial humanizado de densidad media, que la presión demográfica de Berlín Oeste acabó desvirtuando y convirtiendo en un denso conjunto de megabloques en el que pasó su infancia Christiane F. Su legado en la capital se completa con la sede del Bauhaus-Archiv, que sintetiza su fe en la producción industrializada. En esa misma vanguardia se sitúa Lilly Reich, primera mujer en la junta directiva de la Deutscher Werkbund y codiseñadora junto a Mies del Pabellón de Barcelona de 1929; su trabajo al frente de la Deutsche Bauausstellung de 1931 en Berlín redefinió el diseño interior y la fluidez del racionalismo.

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Gartenstadt. Bruno Taut. ©paconeuman

El ideal del espacio puro encontró su expresión radical en Ludwig Mies van der Rohe. Tras dirigir la última etapa de la Bauhaus en Berlín, legó a la capital la Neue Nationalgalerie (1968), una cubierta de acero suspendida sobre un pabellón de vidrio que materializó su axioma del “menos es más”. En la acera opuesta de la RDA, Ulrich Müther —el “maestro constructor de Rügen”— se convirtió en el genio de los cascarones de hormigón y las cubiertas de paraboloide hiperbólico (Hyparschale), cuya relevancia se reivindicó tras la polémica demolición de la Ahornblatt en Alexanderplatz del año 2000. Su capacidad para imprimir dinamismo plástico al bloque oriental pervive en la vecina Potsdam con el restaurante lacustre Seerose (1983): una flor de hormigón de ocho pétalos curvados que emergió como audaz contrapunto orgánico a los grises bloques prefabricados del entorno.

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Crematorio de Treptow. Axel. Schultes Charlotte Frank. ©paconeumann

En la bisagra contemporánea, Axel Schultes y Charlotte Frank replantearon el eje institucional tras la reunificación como artífices de la Cancillería Federal y del hipnótico Crematorio de Treptow, mientras que figuras como Jürgen Mayer y Arno Brandlhuber (con su Antivilla o Brunnenstraße 9) representan la última vanguardia.Íntimamente ligada a la tecnología y dependiente de su época, esta estirpe de arquitectos alemanes, que une a Schinkel con Brandlhuber+, mantiene en Berlín una conversación abierta con la complejidad de su tiempo.

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