La historia del arte occidental se ha empeñado en reducir lo floral a un mero ejercicio de virtuosismo doméstico o a una metáfora almibarada de la fugacidad existencial o del esplendor erótico. Sin embargo, la botánica ha sido siempre el caballo de Troya de las mayores revoluciones visuales. Desde las casi doscientas especies vegetales identificadas en La primavera de Botticelli a los detallados estudios de Durero, pasando por los lirios cargados de erotismo de Georgia O’Keeffe o las petunias con las que Jeff Koons cubrió un cachorro gigante frente al Guggenheim de Bilbao; la flor ha sido el símbolo definitivo de la ambición artística. La exposición Flowers Forever en el Kunsthal Rotterdam rescata hasta el 30 de agosto esta fuerza indómita de la naturaleza para demostrar que el reino vegetal custodia las claves de nuestro ecosistema, nuestra economía y nuestra propia supervivencia.
De la divinidad al parqué financiero de las flores
Conectando con una tradición artística que enlaza varios siglos, la muestra Flowers Forever reúne más de doscientas piezas procedentes del arte, el diseño, la moda y la ciencia. A través de siete capítulos temáticos, traza un viaje transversal que disecciona la flor como icono mitológico y religioso, símbolo de estatus, objeto de investigación científica, mercancía valiosa, instrumento de agitación política, inspiración y milagro de la tecnología contemporánea. La clorofila se infiltra en cada estrato de la experiencia humana, mutando de herramienta espiritual a codiciado motor del libre mercado. Porque pocas imágenes han sobrevivido con tanta naturalidad a los siglos como una flor: la misma que fascinó a los pintores flamencos, sedujo a los impresionistas y alimentó las derivas surrealistas, ha terminado también colonizando tanto las instalaciones inmersivas como los algoritmos.
No es casualidad que esta exhibición desembarque ahora desde Múnich en Róterdam, ciudad que supo de especulación floral y puertos abiertos al mundo, ni que el Kunsthal, esa nave de hormigón firmada por Rem Koolhaas, acoja entre sus muros oblicuos un discurso tan global como radicalmente local. Calyx, la instalación de Rebecca Louise Law compuesta por cien mil flores secas ensartadas, recibe al visitante como si entrara en la nave de una catedral vegetal. En la sala dedicada a lo sagrado y lo mitológico, Narciso —el joven que dio nombre a la flor amarilla de primavera— subraya que el amor propio también puede ser una condena. La ciencia entra por la puerta grande con los tapices de Patricia Kaersenhout, que revisan la figura de Maria Sibylla Merian y sus célebres ilustraciones botánicas del siglo XVIII para recuperar el conocimiento silenciado de las mujeres indígenas y africanas esclavizadas, que hicieron posible infinidad de investigaciones en estos campos.
El capítulo económico está dedicado a la tulipomanía del siglo XVII. Mucho antes de que los girasoles de Van Gogh desafiaran la luz provenzal, de que Claude Monet inmortalizara la sublime deriva de sus nenúfares en el fastuoso jardín de Giverny, de que las expediciones de Alexander von Humboldt redefinieran nuestra conexión científica con la naturaleza o de que Andy Warhol multiplicara sus flores pop en serigrafías de colores ácidos, la botánica ya cotizaba al alza. La primera burbuja especulativa de la historia encuentra un eco perverso en Mosaic Virus (2019) de Anna Ridler, en cuyas tres pantallas el crecimiento de un tulipán se deforma según las fluctuaciones del bitcoin. Flor y criptomoneda compartiendo fiebre. Tracey Bush, por su parte, recorta dientes de león y amapolas en envases publicitarios reciclados, para dejar claro que reconocemos antes un logo que una especie silvestre.
Semillas de resistencia y belleza sintética en el Kunsthal Rotterdam
En The Marias, Kapwani Kiwanga reproduce la flor del árbol del pavo real para denunciar cómo las mujeres cautivas utilizaban sus propiedades abortivas como un acto de soberanía y resistencia. Esta obra se contrapone a la imagen victoriana de las damas plegando flores de papel como pasatiempo. Dos siglos, dos usos del mismo objeto que fue entretenimiento de unas y supervivencia de otras. El contrapunto tecnológico lo aportan las flores mecánicas de Studio DRIFT en su obra cinética Meadow, un paisaje invertido que imita con una pulsión poética el ritmo de las estaciones, y el jardín digital interactivo Extra Natural de Miguel Chevalier, donde la flora virtual cobra vida y reacciona ante el movimiento del visitante.
El verdadero acierto de la exhibición radica en su capacidad para deconstruir la aparente ingenuidad de la flor. En un masterclass de tradición cultural, Flowers Forever la sitúa en el centro neurálgico de la geopolítica, el arte y la ciencia. Confirma que ha servido para venerar dioses, clasificar especies, mostrar riqueza, denunciar injusticias o imaginar futuros tecnológicos. Quizá por eso sigue siendo uno de los símbolos más fértiles de la historia del arte en el que cada generación encuentra una manera distinta de interpretar el mundo a través de sus pétalos. Basta seguir el rastro de una flor para recorrer, casi sin darnos cuentas, siglos y siglos de nuestra cultura.
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¿Qué importancia tiene el edificio del Kunsthal Rotterdam en la arquitectura contemporánea?
Inaugurado en 1992 y diseñado por el renombrado arquitecto Rem Koolhaas y su estudio OMA, el Kunsthal Rotterdam es un hito de la arquitectura moderna. Destaca por su innovador diseño de rampas continuas que conectan sus diferentes salas en espiral sin interrupciones, difuminando los límites entre el interior y el espacio público del Museumpark. Al no contar con una colección permanente, posee una libertad curatorial única para acoger exposiciones inmersivas y de gran escala.
¿Cómo ha evolucionado el uso de la botánica en el arte contemporáneo?
Si bien históricamente la ilustración botánica se relegaba a fines puramente científicos o composiciones decorativas (como las naturalezas muertas), el arte contemporáneo ha transformado la flor en un poderoso vehículo de crítica. Actualmente, artistas y creadores utilizan motivos florales y ecosistemas vegetales para abordar cuestiones urgentes como el cambio climático, el poscolonialismo, el feminismo y la fragilidad de la biodiversidad, convirtiendo a la naturaleza en una metáfora política activa.









