Abadía Retuerta continúa ahondando en el arte para ampliar su manera de entender el territorio. En Memoria de paisaje, cuatro artistas trasladan a The Craft arcillas, líquenes, pigmentos y otras huellas de la naturaleza en una exposición que escarba en el suelo para descubrir que, bajo nuestros pies, nada permanece completamente inmóvil.
Excavar el paisaje en busca del arte

Durante siglos, comprender un territorio consistió en recorrerlo midiendo sus distancias, levantando mapas, bautizando sus ríos y dibujando sus fronteras. Una manera en que se convertía lo desconocido en una geografía manejable, pero hay lugares que reclaman otro método. En Abadía Retuerta, donde el vino depende de variaciones casi imperceptibles del terreno, mirar hacia abajo parece una consecuencia lógica. Allí, unos pocos metros pueden alterar el comportamiento de una vid y la composición del suelo termina participando en algo que años después descorcharemos a cientos de kilómetros de distancia. Por ello que el arte ha ido ganando campo dentro del proyecto de Abadía Retuerta como una forma de ampliar preguntas que ya estaban presentes en el viñedo, la arquitectura o en el trabajo con el tiempo.
Con Memoria de paisaje, la bodega continúa ahondando en esa dirección y lleva a The Craft, su espacio madrileño, una exposición colectiva con obras de Belén Rodríguez, Terry Craven, Nicolás Bonilla y Cristina Lucas. Una muestra que coincide, además, con el 30º aniversario de la bodega DOP Abadía Retuerta y que podrá visitarse hasta octubre de 2026. La historia comienza en una pared. Durante la rehabilitación de la Abadía de Santa María de Retuerta, el arquitecto Marco Serra decidió incorporar arena de las orillas del Duero al estuco del edificio; una acción con la que conseguía que el río entrase en la arquitectura sin necesidad de ser representado y que una parte minúscula del paisaje quedase atrapada en sus muros. Memoria de paisaje recupera aquella intuición y se pregunta qué ocurre cuando el territorio deja de contemplarse desde fuera.
Materia con pasado en The Craft
Arcillas, líquenes, pigmentos minerales y tintes naturales atraviesan una exhibición donde la naturaleza pierde cualquier función escenográfica porque solo importa su comportamiento, sus accidentes y la información que ha ido acumulando. Una piedra nunca llega limpia al presente, tampoco la tierra, una corteza o el agua de un río. Todo material arrastra encuentros anteriores y, en ocasiones, trabajar consiste simplemente en aprender a reconocerlos. Y los componentes físicos señalados forman parte directa de los procesos de las obras.


En Duero-Turia, Nicolás Bonilla opera desde esa capacidad de la materia para conectar lugares. Sus pequeñas piezas, alineadas como muestras de un gabinete geológico, contienen verdes, rosas, terrosos y superficies alteradas. Hay orden, pero también irregularidad. Cristina Lucas plantea en Sinapsis una imagen mucho más expansiva, en la que colores y formas parecen encontrarse, separarse y volver a cruzarse. Las investigaciones de Belén Rodríguez y Terry Craven completan una lectura plural del paisaje, alejada de cualquier tentación bucólica.


Resulta inevitable pensar en el vino, ya que nace de una materia condicionada por su procedencia y de una sucesión de transformaciones que requieren conocimiento, intervención y paciencia. En ese punto, la labor de una bodega y ciertas prácticas artísticas comparten una extraña disciplina en sus métodos, y The Craft traslada ahora esa reflexión a Madrid. A varios kilómetros del Duero, el territorio aparece fragmentado en colores, minerales y organismos. No hay viñedos extendiéndose hasta el horizonte ni una abadía recortada contra el cielo. Quedan rastros mucho más pequeños donde realmente reside la fuerza de Memoria de paisaje: recordarnos que un enclave puede sobrevivir en una partícula de arena y que, a veces, para comprender un paraje hay que dejar de mirarlo de lejos.
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