Estocolmo bajo tierra: un museo en tránsito

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Lo que comenzó en la década de 1930 como un acto de prestigio estatal en los palacios del pueblo moscovitas ha evolucionado hacia un modelo de democratización cultural en las infraestructuras del transporte urbano. Cuando en 1955 dos artistas convencieron al parlamento sueco de que cada nueva estación de Estocolmo incluyera arte en el presupuesto de construcción, nació el metro-museo más largo del mundo. Esa idea de difusión artística bajo el asfalto hoy la adoptan Lisboa, Nápoles, Berlín o París, que con el Grand Paris Express ha respaldado colaboraciones con JR, Sophie Calle o Daniel Buren. En este nuevo orden subterráneo, el hormigón abandona su mutismo para sucumbir a la intervención estética que busca mitigar —y embellecer— la hostilidad del túnel y transformar al viajero en espectador.

Política cultural excavada en roca a modo de museo

La primera impresión no llega desde la superficie. El metro de Estocolmo abre la ciudad en canal y deja ver su interior compuesto de roca viva, pigmento industrial y narrativas públicas incrustadas en el trayecto ordinario. Allí, donde otras redes entierran el desplazamiento, la capital sueca aboga por la experiencia estética. Este programa sostenido durante décadas ha terminado por configurar un paisaje en el que las estaciones presumen de una identidad reconocible: cada una plasma una historia distinta, ligada a su entorno, a su época y a la mirada de quien la concibió. Más de cien puntos repartidos en más de un centenar de kilómetros de red convierten el entramado en una exposición continua, la más extensa del planeta en su categoría.

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Solna centrum. Metro de Estocolmo. ©paconeumann

Dentro, el metro no oculta su condición soterrada y el olor a humedad es indeclinable; pero la obra del museo se traslada a la ruta diaria hasta integrar la cultura en el ritmo urbano sin exigir mediación. La mayoría de estaciones conserva la apariencia de caverna, con la piedra expuesta como superficie de intervención. Murales, mosaicos, relieves, instalaciones lumínicas, tipográficas… más de ciento cincuenta artistas han trabajado en el trazado suburbano, acumulando capas que traspasan generaciones y corrientes estilísticas. Las creaciones se sedimentan como referencias inmediatas asociadas a una parada concreta, y en ellas se permite reconocer el espacio de un vistazo y anticipar la llegada antes de leer el nombre que llevan.

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Centralen. Metro de Estocolmo. ©paconeumann

El metro de Estocolmo y sus estaciones arqueofuturistas

T-Centralen es el centro de este fenómeno. Sus bóvedas pintadas de azul cobalto con enredaderas blancas dan cobijo a siluetas de obreros que homenajean a quienes excavaron esta gruta prehistórica bendecida por la modernidad. A poca distancia, Solna Centrum rompe con la solemnidad azulada para sumergir al viajero en un rojo volcánico abrasador. Un bosque bajo un cielo incendiario condensa la tala abusiva y la despoblación rural, formuladas ya en los años setenta y aún vigentes.

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Kungsträdgarden. Metro de Estocolmo. ©paconeumann

Con su arcoíris colosal, Stadion es una oda a la alegría del color, cuya intervención simbólica y luminosa conmemora los Juegos Olímpicos de 1912, celebrados no muy lejos de allí. Este ejercicio de optimismo arquitectónico recurre a la saturación cromática como herramienta de bienestar psicológico.

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Kungstradgarden. Metro de Estocolmo. ©paconeumann

El recorrido alcanza su vértice vanguardista en Thorildsplan, donde el lenguaje visual se desplaza hacia la cultura del videojuego. A lo largo del pasillo, las figuras pixeladas remiten a la apariencia de los ocho bits que imbuyen al transeúnte de una partida inequívocamente ochentera. Más abajo, en Odenplan, la instalación Life Line de David Svensson cuelga del techo como un electrocardiograma descomunal. Sus cuatrocientos metros de luces led dibujan los latidos del hijo del artista durante el parto. Estocolmo demuestra cómo su red de metro transporta cuerpos mientras, además, agita conciencias. Y es justo ahí, bajo toneladas de piedra, donde la intervención creativa quiebra la inercia del trayecto.

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Odelplan. Metro de Estocolmo. ©paconeumann

En este enlace puedes leer más artículos sobre otras intervenciones en estaciones de metro.

¿Por qué se considera al metro de Estocolmo el museo más largo del mundo?

Desde 1955, el parlamento sueco estableció que cada nueva estación de metro incluyera arte en su presupuesto de construcción. Esto ha convertido a la red de transporte en un ‘museo-metro’ de más de 100 kilómetros donde el arte se integra en la infraestructura urbana.

¿Qué artistas han colaborado en la democratización del arte subterráneo en Europa?

Siguiendo el modelo sueco, ciudades como París han impulsado colaboraciones en el Grand Paris Express con artistas de renombre internacional como JR, Sophie Calle o Daniel Buren, transformando los túneles en espacios de intervención estética y memoria colectiva.

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