Para un auténtico yogui, conectar con uno mismo y alcanzar la iluminación ha de ser la meta. Sin embargo, vivimos bajo un sistema que nos forma para contribuir al mundo exterior, no a conocernos por dentro. Aprendemos, trabajamos, contraemos obligaciones y responsabilidades, pero traspasamos el ecuador vital sin ser plenamente conscientes de cómo somos. Concedemos demasiada importancia a nuestra actividad mental porque hemos perdido la capacidad de silenciarla. Ante esta situación, y para fortalecer sabiamente nuestra concentración, el diseñador coreano Lee Ye Chan desarrolla este pequeño templo de meditación. Su enorme envolvente dorada —que aloja un asiento de madera de alerce— está inspirada en los cuencos de los monjes tibetanos, para originar ondas sonoras durante el canto de un mantra y propiciar una sensación de calma. El objetivo es generar un ambiente adecuado, conseguir una postura correcta y llevar la atención a la respiración; ese puente magnífico entre las emociones y el estado físico. Frente al caos exógeno, Goyo Chair está concebida para crear más espacio entre pensamientos y ayudar al mayor acontecimiento que existe: encontrar el centro, estar en paz.






