Oostcampus

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Fotos: Miguel de Guzmán

Diseñar edificios que favorezcan las relaciones y que hagan feliz a quienes los habitan. Ese es el punto de partida de Carlos Arroyo a la hora de enfrentarse a un proyecto. Arquitectura para el amor, ha llegado a decir el propio arquitecto. Y una buena dosis de amor “social” y de sostenibilidad inteligente es la que ha necesitado esta antigua fábrica de Coca-Cola para convertirse en lo que es ahora: el Ayuntamiento de la localidad belga de Oostkamp, también conocido como Oostcampus.

Cuando se llevó a cabo la convocatoria internacional del concurso, las premisas fueron básicamente dos. Por un lado, concentrar en esta mole industrial los múltiples departamentos de la administración repartidos hasta la fecha por diferentes sedes. Y por otro, concebir un ayuntamiento que no lo pareciera y que, por tanto, creara con el ciudadano nuevos tipos de relaciones. De hecho, la convocatoria se apoyó en un eslogan irónico con guiño a Magritte: “Esto no es… un centro administrativo”. Con tales referencias, el estudio de Carlos Arroyo puso en marcha su maquinaria creativa. “Con 11.000 m2 y hasta nueve de altura en algunas partes, desde el principio se nos ocurrió crear una gran área de encuentro, un parque cubierto. Y en un sitio como Bélgica la cosa era obvia: las nubes son la imagen del espacio público. Allí está nublado todo el tiempo”. Por eso, este Ayuntamiento es en realidad una sucesión “de casitas” arropadas por burbujas irregulares que se abren a la luz. Un edificio horizontal rotundamente azul que, según el propio Carlos, huye de la austeridad emocional.

Y es en esa huida de la austeridad donde entra en acción la “sostenibilidad exuberante”, un concepto que combina el cuidado por el medio ambiente con una visión lúdica de la arquitectura. Porque para Arroyo, el respeto hacia el entorno no tiene que dar lugar a construcciones aburridas o monocordes. De hecho, tras el impacto visual que supone este centro cívico, hay un serio trabajo de sensatez medioambiental: tanto por la manera de reducir consumos en temas de climatización, como por el empleo de la energía gris, es decir, por la reutilización de los recursos. En el caso del Oostcampus, se han conservado tejados, paredes, cimientos, calefacción, conductos de agua, accesos… Al mantener esta estructura, con lo que conlleva de ahorro económico y ecológico, el interior se ha resuelto prácticamente con las burbujas de GRG, un tipo de yeso ligero, resistente y también muy barato, que además ayuda a que la luz rebote y multiplique la luminosidad por las diferentes zonas. El resultado es una reducción de casi un 70% en el coste respecto a lo que supondría un edificio de este tipo.

Como acierto energético, en Oostcampus se ha utilizado lo que el arquitecto llama “cebolla térmica”; un principio basado en la idea de que no es necesario calentar del mismo modo un interior donde trabajan 20 personas, que un hall donde solo se está de paso. Es decir, una climatización gradual (hacia dentro) que permite gestionar de forma razonable construcciones muy grandes. “En realidad, lo que se está calefactando o refrigerando en este Ayuntamiento es un espacio muy pequeño. Consumimos un 10% de lo que supondría calentar o enfriar todo el interior”.

Inaugurado hace unos meses, Oostcampus no solo confirma la habilidad de Carlos Arroyo para responder de forma imaginativa y sencilla a proyectos complejos. También evidencia la posibilidad real de una arquitectura que favorece las relaciones y cuya respuesta formal está respaldada por una funcionalidad ecosensata. En fin, arquitectura para el amor. O al menos, arquitectura para la vida.

Enlace: www.carlosarroyo.net

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