Más que una retrospectiva, Pierre Huyghe construye en la Fondation Beyeler un organismo en permanente mutación. Obras, animales, luz, materia y visitantes comparten un mismo sistema de relaciones donde el arte deja de ser un objeto de contemplación para ejercer como una experiencia que sucede mientras la atravesamos.
Pierre Hyughe y el ecosistema del visitante
“Se trata de exponer a alguien a algo y no al revés”. Hace tiempo se podía leer en una entrevista a Pierre Huygue esta frase acerca de su manera de entender una exposición, donde se piensa y se proyecta desde el lado del visitante y no desde la obra que se presenta. Entender aquellos protocolos temporales y espaciales que se ponen en marcha en lo que para el artista es un ecosistema de relaciones, siempre atravesado por ese extrañamiento que se ha convertido en seña de identidad de todas sus propuestas.

Apenas a quince minutos de ese otro clima de arte y coleccionismo que estos días ha ocupado Art Basel, Pierre Huyghe (París, 1962) ha desplegado en la Fondation Beyeler una suerte de retrospectiva integrada por trabajos desarrollados entre 2022 y la actualidad. El conjunto confirma por qué su modo de concebir el formato expositivo como una coreografía de situaciones y estados materiales lo ha transformado en uno de los artistas esenciales del siglo XXI.

Para quienes todavía recuerden su participación en la Documenta 13 de Kassel con Untilled y aquel célebre perro blanco con la pata pintada de rosa, vagando entre paisajes inciertos y figuras extrañas, esta muestra revela cómo Huyghe traslada esas constantes vitales al interior del cubo blanco y, en particular, a una institución con una historia tan relevante como la de la Fondation Beyeler. Quizá por eso el recorrido puede comenzar con uno de sus trabajos más significativos: Timekeeper (2026), una intervención sobre los muros de la sala que, a la manera de los anillos de los árboles, saca a la superficie restos de pintura de exposiciones anteriores. Un estratigrama temporal que invita a pensar cómo se conjuga el tiempo dentro de una exhibición.

El lenguaje antes del lenguaje en la Fondation Beyeler
Pensando en los visitantes como “testigos salvajes” de distintas situaciones y acontecimientos, el recorrido se despliega en ocho estancias que componen lo que las curadoras del proyecto, Mouna Mekouar y Anne Stenne, denominan un soulscape —un paisaje del alma—. Un término que podría comprenderse como un estado de ánimo, una percepción difícil de fijar con palabras, que invita a reivindicar ese “no entender” y, en cambio, a experimentar las obras desde un lugar situado más allá de lo conocido.

A modo de rito iniciático, unas hormigas salen del muro (Umwelt, 2011), mientras en el suelo se despliega un juego de moquetas: una procedente del Museo Ludwig de Colonia (2014) y otra construida por Huyghe, Light Dust (2026), con pigmentos de colores y luz artificial. Desde ahí se pueden experimentar algunos de sus últimos trabajos, como la videoinstalación Liminals (2025), recientemente presentada en Berghain, donde ocupaba la pista de baile con humanoides sin rostro y movimientos suspendidos en estados de transición; Apnea (2026), una instalación que se expande por los orificios de los muros como una respiración sumergida; o la impresionante Cambrian Explosion 19 (2013), en la que una roca volcánica flota en el interior de una urna de vidrio habitada por cangrejos herradura vivos y anémonas. Organismos que enseñan formas de estar en el mundo cuyo comportamiento pertenece a un tiempo muy anterior al de la institución que los acoge: la Fondation Beyeler.

Películas antiguas, como Human Mask (2014) o Camata (2024), se relacionan con otras intervenciones escultóricas como Adversary (2026), mientras por el techo de las salas cuatro, seis, siete y ocho, se desplaza L’Hésitant (2026), un umbral vacilante de color que nos conduce hacia la pieza más fotografiada del conjunto: Idiom (2024-2026). En ella, un nuevo lenguaje de sonidos infrahumanos va surgiendo de la máscara dorada de un portador que traduce esas señales imperceptibles en sonidos y casi-palabras.

Como coda final a este estado larvario de un mundo aún por nacer, Huyghe nos sitúa en Alquimia (2026) ante el murmullo de algo que tararea y respira, pero que todavía no podemos descifrar. El aliento para un nuevo mundo. Un hálito que aún no es lenguaje. Como escribió Roberto Juarroz, “hay que inventar respiraciones nuevas”. A lo que Huyghe parece responder: “Bailemos al ritmo de la vida”.









