Robert Wilson sitúa a Pessoa y a su comitiva literaria en un territorio intermedio donde el sueño y lo concreto reciben la misma densidad —e intensidad— de realidad. Presentada en el Théâtre de la Ville de París entre el 13 y el 21 de junio, Pessoa – Since I’ve Been Me reúne a Maria de Medeiros, Aline Belibi, Klaus Martini, Sofia Menci, Gianfranco Poddighe, Yure Romão y Janaína Suaudeau en una producción escénica fragmentada y multilingüe. Armada a partir de textos del escritor portugués, la representación fluye por el francés, el italiano, el portugués y el inglés sin que el entramado textual de Darryl Pinckney se desintegre.
Robert Wilson frente al laberinto de Pessoa

Wilson hizo lo mismo en Pessoa que Saramago en El año de la muerte de Ricardo Reis: dar una nueva vida a los alter ego del escritor portugués. Su aproximación al autor parte de una afinidad profunda: para ambos, la identidad es una materia maleable. En la escritura del poeta luso, los heterónimos —Álvaro de Campos, Ricardo Reis, Alberto Caeiro, Bernardo Soares…— emergen como entidades literarias autónomas, con sensibilidad, biografía y pensamiento propios, ajenas a cualquier idea de un yo unitario.


Si Pessoa se sirvió de ese sofisticado juego de disfraces literarios para diseccionar la conciencia moderna, Wilson encuentra en esa fragmentación un territorio fértil para su lenguaje escénico. Desde los años setenta hasta su muerte en 2025, su trabajo ha desarrollado un vocabulario visual basado en la composición de imágenes, la precisión lumínica y la musicalidad del movimiento. En Pessoa – Since I’ve Been Me, esa estética dialoga con un corpus literario donde el sujeto surge disperso en múltiples reflejos. Sobre las tablas, las atmósferas se suceden como estados mentales, sueños, recuerdos y variaciones emocionales asociados a los heterónimos del escritor. Este pluriverso trasciende el divertimento ficcional y apunta a una indagación sobre el lenguaje y la existencia.

Mientras el público se acomoda, Maria de Medeiros aparece en la base del escenario. Del fondo azuláceo afloran seis soles rojos. El resto de intérpretes irrumpen después en traje negro, intensificados por un cañón de luz sobre fondo blanco. “I know not what tomorrow will bring”, cantan la última frase que Pessoa escribió antes de morir. Pocas despedidas literarias encierran una ironía semejante. Esa escena inicial establece un contraste plástico incisivo entre color, luz cegadora, música y cuerpo, que se repetirá durante los ochenta minutos que dura la representación.


Si bien las producciones de Wilson son conocidas por sus legendarios silencios, en esta ocasión apenas si los hay. Envueltos en una ligereza que solo lo es en apariencia, los textos son tan profundos como densos. El maridaje de cuatro idiomas —con subtítulos francés— remite al carácter cosmopolita de Pessoa y a su permanente búsqueda expresiva, aunque suponga un reto para el espectador. Cada lengua aporta una textura sonora específica, mientras la escena construye un espacio donde palabra, iluminación y sonido participan en una misma partitura sensorial. Wilson propone una inmersión en el imaginario poético del escritor lisboeta poblado de dudas metafísicas, humor, melancolía y deseo de trascender los límites de una identidad única. El tono transita libremente entre la meditación profunda, la comicidad, el rigor racional y la anarquía, manifestando en el escenario la pluralidad psíquica de un creador habitado por múltiples personalidades.
Wilson vs. Pessoa: fragmentos de una conciencia múltiple

Sonidos efectistas de disparos o cristales rotos marcan los cambios de cuadro que sobresaltan al espectador. El humor, en muchos momentos, roza la siniestralidad de David Lynch. Las historias de Wilson no siguen una línea narrativa. La estructura avanza por bloques autorresolutivos, donde la repetición, como en Pina Bausch, ocupa un papel central. En el escenario, las figuras se manifiestan como presencias visuales que emanan del texto. En una breve entrevista para el libreto, Wilson señaló que la primera parte concierne a la infancia de Pessoa, la segunda a la edad adulta y la tercera a la muerte. La progresión ayuda a orientar un dispositivo teatral deliberadamente polifónico, surcado por animales oníricos, barcos de papel, cipreses móviles que parecen brotar de la memoria o del sueño.


En uno de los pasajes de especial intensidad emocional, Sofia Menci interpreta partes de la carta de ruptura que Fernando Pessoa envió a Ofélia Queiroz en 1920. En otro, Klaus Martini da voz a Alberto Caeiro a través de fragmentos de El guardador de rebaños. Ese heterónimo cuestiona la existencia de Dios y lo identifica con la realidad tangible de la naturaleza: “Yo no creo en Dios porque nunca lo vi. Si él es el cielo y la tierra y los ríos, entonces creo en él”. La idea de que el yo es múltiple y discontinuo se presenta de forma elocuente en la escena clímax. En ella, la dramaturgia de Pinckney moldea extractos de El libro del desasosiego declamados por los siete heterónimos del elenco internacional, sentados en siete mesas dentro de una escenografía roja que hiere la visión. Los manteles flotan y las lámparas descienden del techo, mientras los diálogos repetitivos en distintas lenguas terminan superponiéndose hasta su disolución en un ruido ininteligible. La canción final Since I’ve Been Me establece un retorno circular a la vis cómica del principio.

Lo que Wilson presenta en el teatro parisino no es un biopic ni un ensayo académico, sino una experiencia de inmersión radical en la conciencia de un escritor poblado por innumerables voces. Aunque la familiaridad con el universo pessoano añade capas de lectura, la pieza posee autonomía suficiente para sostenerse ante el público que no conoce su obra. La densidad del texto, lejos de ser un obstáculo, resulta la medida exacta de su ambición. Pessoa corona la trayectoria del director estadounidense que, sin renunciar a su sello inconfundible, aborda la materia literaria desde la humildad y el respeto. Una despedida escénica que confirma a Wilson como uno de los pocos artistas capaces de traducir el pensamiento filosófico en imagen pura.
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