Las sillas habitan nuestras vidas como un elemento silencioso: esperan, sostienen y acompañan. Permanecen vacías como una invitación o marcando una ausencia. Algunas llaman al descanso; otras parecen evitar al cuerpo, obligándonos a mirar antes que a sentarnos. ¿Pero puede una silla acoger no solo un cuerpo, sino también una idea? 125 Newbury (Tribeca, NYC), presentó Chair Show: una exposición colectiva que tomaba la silla como eje conceptual para explorar su dimensión escultórica, simbólica y doméstica.
Entre el descanso y la inquietud en Tribeca

Más allá de reunir únicamente objetos funcionales, Chair Show presentaba un conjunto de sillas, pinturas, grabados, etc. donde este mueble cotidiano aparece como protagonista. La silla deja así de estar subordinada a su uso utilitario para convertirse en una pieza de contemplación y pensamiento, capaz de aguardar tanto cuerpos como conceptos. Con sus patas, brazos y respaldo, parece guardar una inquietante semejanza con el cuerpo humano, sometida eternamente a acogerlo. Pero ¿qué ocurre cuando dejamos de pensar en aquello que sostiene y comenzamos a mirar el objeto en sí mismo?

Cortesía Pace Gallery

Su materialidad, sus tensiones y proporciones le han llevado a atravesar la historia del arte y de la humanidad como un testigo silencioso: símbolo de poder y autoridad. Y en Chair Show abandonaba su cualidad como soporte para volverse una voz propia, situada en un entorno ambiguo entre practicidad y pensamiento. ¿Son muebles para descansar o artefactos destinados a incomodarnos, cuestionarnos y hacernos mirar de nuevo? Desde las formas oníricas —y por momentos inquietantes— de Lucas Samaras hasta la austeridad geométrica de Donald Judd, la exhibición en 125 Newbury exploraba la multidimensionalidad de esta tipología y también su lenguaje.

Work Ltd. and the Robert Wilson Arts Foundation

La anatomía simbólica de una silla
Los volúmenes de Samaras parecen acercarse más a criaturas domésticas que a sillas, mientras que Judd le devuelve una frialdad casi arquitectónica, reduciéndola a línea, proporción y espacio. En contraste, Macaroni de David Byrne introduce un humor material y una fisicidad casi absurda, expandiéndola hacia territorios performativos y emocionales. Otras como Bamboo Basket Chair de Isamu Noguchi y Kenmochi Noguchi la desplazan hacia una sensibilidad más orgánica y escultórica, donde el trenzado, la textura y la fragilidad de sus componentes parecen importar tanto como la posibilidad misma de sentarse. Mientras que las estructuras suspendidas y delicadas de Kiki Smith parecen desafiar la gravedad y el propio acto de ocuparlas, situándose en un territorio ambiguo entre cuerpo, refugio y ausencia.

En algunas intervenciones, la silla todavía conserva una promesa de descanso, aunque también irrumpe a modo de entidad incierta e incluso inquietante, más próxima al símbolo psicológico o al vestigio humano que al diseño práctico La exposición incorporaba también obras en las que la silla se ubica en el centro del imaginario. Pinturas como La Légende des siècles de René Magritte o grabados como Special Plate (Waterworks) de Robert Rauschenberg desplazan la atención del espectador sobre esta como motivo de contemplación para transformarla en símbolo y enigma. La interacción deja entonces de ser física para ser estrictamente visual y conceptual. Es esa la manera en que 125 Newbury expande el discurso pasando de la ocupación doméstica hacia el eje de estudio.

Fotografías de Yto Barrada y de técnica mixta como Little Electric Chair de Andy Warhol establecen una continuidad con las piezas tridimensionales de la muestra, provocando un recorrido donde el asiento aparece simultáneamente como objeto físico, imagen cultural e influjo psicológico. La silla representa lo que deseamos, pero también lo que tememos o rechazamos. Es un reflejo de la humanidad, de nuestras formas de habitar, de descansar, de ejercer poder, de relacionarnos con los otros y con nosotros mismos.


Hay sillas que reconfortan y otras que inquietan; algunas acogen el cuerpo, mientras otras intentan expulsarlo. Chair Show en 125 Newbury no ha sido únicamente una exhibición de sillas históricas, sino una exploración de los deseos, obsesiones y contradicciones que han atravesado el arte y el diseño a lo largo del tiempo. Cada pieza sirve como un vestigio de intimidad y una proyección de lo humano: un archivo de ideas, aspiraciones y fantasías domésticas. Pasen y siéntese, hay sillas para todos.
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