El relato de casa EME comienza con un recuerdo y un deseo. El recuerdo de Manuel, su propietario -un amante del diseño y la cocina-, cuando entra por primera vez en la vivienda, antes de adquirirla, en una de las muchas visitas a distintos pisos del centro de Madrid, y tiene la sensación de haber vivido ya en un lugar parecido -al menos con el mismo espíritu-, pero en otro tiempo. Y el deseo: imaginarse leyendo en esa casa, una tarde cualquiera de domingo en el sofá, con la luz entrando por los cinco ventanales del salón, enmarcando la ciudad y con vistas a la Plaza Mayor, la calle Toledo, la Plaza de Puerta Cerrada y la Colegiata de San Isidro el Real. Todos ellos lugares profundamente significativos del Madrid castizo.