Manchas al estilo de Jackson Pollock, caretas de zorro o decenas de globos de colores llenan de luz la atmósfera misteriosa y hermética que caracteriza los desfiles del diseñador Robert Wun. Para la Paris Haute Couture 2026, el asiático presenta Childsplay: un viaje por diferentes etapas de la vida que comienzan y terminan con la infancia.
Robert Wun: llegar para quedarse
Casas como la holandesa Viktor & Rolf, la británica Alexander McQueen o la francesa Schiaparelli tienen a su público acostumbrado al más es más. Entienden la moda como un espectáculo donde prima el asombro, el surrealismo y la teatralidad, así como la forma frente a la función.
En menos de cinco años, con la irrupción del hongkonés Robert Wun en la industria, podemos afirmar que, a este grupo histórico de marcas, se suma un nuevo talento con un lenguaje propio.


La alta costura de Wun es pura narrativa: construye escenas e historias sobre la pasarela llenas de fantasía y emoción; y sus desfiles, sobre escenarios más bien austeros y minimalistas, dan todo el protagonismo al diseño. Los detalles en la tela, los brillos, los remates de las piezas… cualquier intervención está llena de delicadeza y precisión. A su vez, vemos unos volúmenes y una complejidad admirables, pues es asombrosa la convivencia entre el rigor y la exageración de las prendas. La semana de la Alta costura de París, colección Otoño / Invierno 2026, ha sido testigo del último proyecto de Wun que, pese a su incursión prematura en el exigente mundo de la moda, ha dejado al público sin palabras con Childsplay, un manifiesto sobre la infancia y la creatividad.


Childsplay. Un viaje a la infancia en Paris Haute Couture 2026
Suena una melodía de cajita de música y la primera modelo posa a contraluz en la entrada del escenario. Entonces, los focos se encienden y revelan un inmenso tapiz verde turquesa. Sobre la alfombra, un vestido blanco convertido en lienzo y cubierto de salpicaduras de colores se convierte en el centro de atención. Childsplay acaba de empezar.

Le suceden unos looks monocromáticos dominados por los tonos primarios y las geometrías. Los peluches que los acompañan introducen un lenguaje lúdico que contrasta con la fuerza y el magnetismo de las piezas. Pasan los minutos y el ambiente se vuelve más misterioso y psicodélico: surgen prendas más enigmáticas y los accesorios comienzan a adquirir formas cada vez más bizarras; sobre las cabezas de las modelos aparecen cascos espaciales, tacones e incluso aves revoloteando sobre el cuerpo. Wun recupera también uno de sus recursos más recurrentes: añadir brazos y manos adicionales al cuerpo para confundir al espectador.
La presentación desemboca en un cierre espectacular. Después de explorar la niñez y pasar por la adultez, los dos últimos de los 23 conjuntos parecen regresar al punto de partida: decenas de globos de formas muy diversas invaden atuendos y devuelven al desfile la despreocupación de sus primeros minutos. Wun cierra el show en el mismo punto en que lo había comenzado: la infancia, la libertad y la imaginación, recordándonos que estos conceptos aún habitan con fuerza dentro de nosotros.
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