Recién concebido en Madrid, LOLO Taco Bar encarna una perspectiva honesta y universal de la taquería para saborear un México sin estereotipos, sin condenar su plato emblemático en la categoría de fast food. El imaginario verbal y visual diseñado por el estudio madrileño CARNE enlaza perfectamente la propuesta culinaria con un interiorismo que traza dos ambientes distintos en una sola gramática material.
Una taquería libre de clichés
El taco se ha reinventado de innumerables maneras, atrayendo diversos paladares y preferencias alimentarias. Y resulta desalentador comprobar cómo, ante el relleno flexible que se ostenta en un pliegue de maíz, ha proliferado un formato rápido; una experiencia degustativa pobre y fugaz que tipifica este plato como fast food. Con una hondura en su propuesta que desarma estas ideas arraigadas, LOLO Taco Bar se ha instalado en el Paseo de la Castellana bajo la visión de Manuel Álvarez. El hostelero —mitad mexicano y mitad gallego— ha vuelto a la restauración tras nueve años en consultoría digital con la premisa de replantear el taco y su alcance global desde la técnica, el producto y una ejecución contemporánea, fiel a la raíz mexicana. Una lectura actualizada de México que se ve reflejada en el diseño, en la atmósfera y en la carta del lugar.

Desde cocina, Jorge Bustamante, chef mexicano vinculado al Basque Culinary Center se encarga de preparar una selección gastronómica —apta para celíacos— dividida en cinco bloques: tradicionales, vegetarianos, autóctonos, marinos y con queso. Aunque siempre hilados en elaboraciones derivadas de la gastronomía azteca, recurre en buena medida a productos nacionales, como los pimientos de padrón o el queso manchego. Con el mismo estándar de variedad de influencias, la dirección creativa de la barra está liderada por Eduardo Martínez Rodríguez, campeón de España de mixología, quien da forma al universo líquido de la casa, que comprende clásicos como paloma, margarita o cantarito, combinados actuales y opciones sin alcohol.


Bañado de una estética firmada por el estudio CARNE, el preludio de este imaginario degustable elude igualmente los estereotipos. Y es que el estudio madrileño fundado por Esther Mengual Miret tiene un talento especial para hacer que todo encaje. Sin mariachi ni sombreros, pone en evidencia la trascendencia del taco, mostrando el modo en que Álvarez entiende que “México no es uno. Es miles, es mix”, articulando la identidad del proyecto alrededor del concepto MAD MEX o “México en movimiento”. Un México híbrido, urbano y dinámico —más mezcla que souvenir— trasladado a la atmósfera, la gráfica y el espacio. Un sabor vivido desde dentro, no una postal del país.

El discurso material de CARNE para un México híbrido
La reforma del enclave —ubicado en el recinto donde antes operaba un restaurante con estrella Michelin— implicó retirar muebles empotrados, reubicar una puerta para mejorar recorridos, abrir el fondo para ganar amplitud y unificar los lavabos. Así, CARNE pudo configurar un interiorismo en sintonía con la estela mestiza, organizando el local en dos zonas con ritmos distintos que se conectan en un mismo código material. En primera instancia, se encuentra la taquería urbana y su pulso activo protagonizado por la barra, donde se despliegan azulejos y superficies metálicas sobre un lienzo de microcemento con acabado desgastado. Consistente y texturizada, transmite mucha vida y movimiento.


En la recámara, el componente cerámico alcanza otro nivel. Este volumen inmersivo —imbuido de azul Klein— se resuelve con un pavimento continuo de epoxi en este tono afilado y bancos corridos igualmente alicatados; al mismo tiempo, este se fusiona con mobiliario de acero y un techo de policarbonato translúcido retroiluminado, que envuelve la sala con una luz homogénea. Un latido más calmo y la escena perfecta para atenuar la iluminación y dejar que la noche se estire con unos cócteles. Carne ha proyectado un ambiente urbano y dual caracterizado por una narrativa uniforme, que se traza entre losetas, acero, cemento y luz difusa. Un viaje hacia un México más auténtico, mas esencial que pintoresco, donde la cultura autóctona se cocina a fuego lento.

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