En Querétaro, GOMA Arquitectura ha levantado un refugio donde la tierra parece recordar su forma primitiva. Casa de Barro surge como una extensión del paisaje: una cueva contemporánea de ladrillo rojo cocido, donde la geometría y la materia se confunden con la serenidad del entorno natural.
La cueva en el paisaje de Goma Arquitectura
Para GOMA, un estudio mexicano compuesto por arquitectos de diferentes generaciones, cada proyecto supone una búsqueda poética. Una búsqueda fundada en la sencillez como resultado de la indagación profunda en las cosas. La frase “cada obra contiene una geometría implícita que, cuando se revela, hace que todo encaje” es el principio que sustenta su filosofía arquitectónica, materializada en construcciones que se adaptan al lugar y que indagan sobre las personas que van a habitarlas.

Es esta visión la que define la Casa de Barro: un pequeño pabellón de descanso situado dentro de un rancho agroecológico en Amealco, en el estado mexicano de Querétaro. El punto elegido para ubicarlo —una depresión junto a un arroyo estacional— sugería una acción muy discreta para no alterar el paraje y poder así subrayar su carisma. De esta comprensión surgió la idea de plantear este alojamiento de 90 m2 como una cueva. ¿El objetivo? Que la arquitectura interfiera visualmente lo menos posible.

“El proyecto es tan pequeño que hace que todo a su alrededor se sienta inmenso. Está colocado con una precisión casi poética: desde cualquier ángulo, su geometría y color parecen parte del paisaje”, comenta Juan Benavides, de GOMA Arquitectura, quien ha documentado visualmente Casa de Barro.

Casa Barro y la quietud modelada en arcilla
Los muros, techo y suelos de la propuesta están íntegramente erigidos con ladrillos de arcilla roja cocida, un recurso que el equipo ha escogido por su sencillez y nobleza. De procedencia local, no exige mano de obra especializada y, además, posee un tono que permite una simbiosis con el entorno, que se acrecentará con el paso del tiempo. El acceso al refugio se realiza a través una incisión abierta sobre el terreno, que lleva hasta la estructura abovedada de este mediante una escalinata enclaustrada entre dos paredes.

El espacio se dispone bajo esa gran bóveda de cañón, que marca con suma modestia su presencia hacia el exterior. El ambiente que se origina —donde se disponen cocina, sala, dormitorio y baño— se prolonga hacia fuera para culminar en una terraza cubierta. Un ámbito donde arquitectura y enclave vuelven a reunificarse, esta vez para incorporarse a la experiencia doméstica. La textura y tono del material, además de la curva de dicha bóveda, generan en el interior una atmósfera de serenidad que se refuerza por la delicadeza del mobiliario de madera, los azulejos artesanales y los detalles elaborados en hierro forjado.

De la suave curva de la parte superior brotan dos chimeneas de ladrillo —como antiguas usinas industriales—, que sirven de ventanas para trasladar la cálida luz solar al interior y señalar con discreción la presencia de la arquitectura. Una cuya pureza en el paisaje solo tiene el propósito esencial de respetarlo.

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