El estudio barcelonés Barozzi Veiga junto con el equipo local Tab Architects firman la nueva ampliación del Museo de Artes Visuales en la ciudad belga de Kortrijk. Una recuperación total de la antigua Abadía de Groeninge en pleno corazón verde del Begijnhof Park de la urbe.
La recuperación de la espacialidad histórica de Barozzi Veiga
El equipo formado por Fabrizio Barozzi y Alberto Veiga ha desarrollado una intervención con bisturí —altamente precisa— para la recuperación de la espacialidad primitiva perdida en la Abadía de Groeninge. Esta tarea ha llevado a transformar un enclave de gran carga patrimonial en un espacio abierto al arte, a la experimentación y al encuentro público. Lo antiguo y sacro se vuelve a activar como un marco dinámico para la creación contemporánea en forma de proyecciones, videoarte y un mundo juvenil con ganas de reivindicar su lugar en la ciudad belga.

En este ejercicio, realizado junto al estudio local Tab Architects, se ha restaurado la capilla —uno de los puntos más históricos del conjunto— convirtiéndola en un pilar fundamental de la transformación, ya que se han eliminado adiciones posteriores que fragmentaban el volumen, devolviéndole su altura previa y su carácter vertical. De esa manera, este ambiente ha pasado a ser un contenedor expositivo envuelto en una atmósfera enigmática y laica, capaz de acoger las creaciones más recientes sin perder su sacralidad conventual. Del mismo modo, el edificio de los dormitorios de los monjes ha recibido una mínima modificación: la restauración de los componentes originales se ha combinado con la introducción de una vitrina longitudinal, que invita a un interesante diálogo entre la colección de la urbe y la producción artística actual.

Una ampliación autónoma de la Abadía de Groeninge
Para responder a las exigencias técnicas de un museo actual, sin ocupar en exceso el parque ni competir con la preexistencia, el proyecto ha incorporado una ampliación subterránea de dimensiones comedidas destinada a muestras temporales. Estas salas —cajas blancas flexibles y neutras— sirven como un contrapunto silencioso a la materialidad histórica del complejo, permitiendo que la arquitectura existente mantenga su protagonismo mientras se instaura una nueva versatilidad programática.


Y en superficie junto al parque, los arquitectos han logrado erigir un nuevo pabellón que actúa como bisagra entre pasado y presente; su silueta, definida por dos planos inclinados, rememora las cubiertas históricas de Flandes. Su implantación ortogonal refuerza el diálogo con el conjunto sin recurrir a la imitación, revestido con ladrillos de tonalidad oscura que han sido fabricados a partir de elementos reciclados. La construcción se afirma como una pieza contemporánea autónoma, aunque con una especificidad exacta que la integra en el contexto de la ciudad. Además, su utilidad como restaurante y bar refuerza la vocación pública y cívica del nuevo museo, convirtiéndolo en una zona de encuentro más allá de la experiencia expositiva.


Abby Kortrijk se erige como un manifiesto reflexivo en torno a una arquitectura de vanguardia que se macla al pasado. Una propuesta donde Barozzi Veiga ha redefinido el papel del patrimonio como un soporte activo para los nuevos usos del inevitable ciclo de vida de la ciudad y, por supuesto, de su sociedad en constante cambio.

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