Existe una extrañeza fértil cuando sacamos un lugar de su contexto original, y entrar en Laboratorium es habitar ese desajuste. En el centro de Cluj-Napoca, Rumanía, lo que antaño fue una botica de 1893, es hoy un café de especialidad. Sin embargo, el diseño no ha buscado contentarse con una transformación obvia, sino todo lo contrario: ha convertido la solemnidad de un laboratorio neogótico en un nuevo claustro para la vida urbana.
Una ruina neogótica convertida en cafetería de especialidad
El Palacio Széki está considerado un hito del neogótico transilvano, uno de los cuatro gigantes que custodian el puente Ferdinand. Construido para exhibir estatus, el edificio nació para proteger un laboratorio que permaneció intacto durante más de un siglo como una cápsula del tiempo hermética. Por eso la intervención que se ha llevado a cabo en Laboratorium —liderada por Ektra Studio y el diseño interior de Andreea Băgărădean (Faindsgn)— no ha sido una reforma, sino una exhumación. Al despojar las paredes de añadidos espurios, ha aparecido la verdad del enclave: una estructura que pedía a gritos ser habitada de nuevo, y con esta arquitectura recuperando su función de refugio, se ha erigido en ella una nueva liturgia regida por el aroma a café.

La verdadera columna vertebral de Laboratorium se encuentra en su mobiliario perimetral, una obra de ebanistería que envuelve el ambiente como una segunda piel. Ejecutado en 1893 por el maestro B. Bak Lajos, el revestimiento de madera de roble es una proeza artesanal llena de columnas esbeltas y motivos vegetales que parecen trepar por los muros. Los armarios, con sus delicadas inscripciones botánicas que antaño organizaban el saber médico, han sido restaurados con un rigor y se han eliminado décadas de barniz oscuro para revelar la vibración de la veta, esa textura orgánica que parece latir bajo la luz.


El hallazgo de la policromía gótica en Laboratorium
Detrás de sus puertas integradas, donde se ocultaban fórmulas secretas, hoy se organiza la logística contemporánea. Se trata de un revestimiento centenario que otorga al café una temperatura emocional que el diseño moderno, en su asepsia industrial, rara vez alcanza. De hecho, uno de los momentos más poéticos de la propuesta ocurrió al mirar hacia arriba, cuando se retiraron del techo abovedado capas de cemento y yeso. Fue así como el equipo de Mednyánszky descubrió un tesoro oculto: trazos de pintura original en rojo, verde y azul. Estos pigmentos, aplicados a mano en el siglo XIX sobre los nervios de la bóveda, devuelven al espacio su dimensión cromática previa, una voz gótica que se creía perdida bajo el polvo de la historia.


Al reintegrar estas tonalidades, la iluminación resbala por los arcos y la roseta central, convirtiendo la cubierta en una especie de cielo historiográfico. De esa manera, la policromía se convierte en un cordón umbilical que nos une directamente con la sensibilidad medievalista que Széki quiso proyectar en su ciudad; la cafetería cobra, de esa manera, una atmósfera de claustro: un lugar que, como los antiguos patios monásticos, sugiere la introspección en mitad del estruendo urbano.


Frente a la densidad pretérita de la madera y la piedra, el proyecto introduce una irrupción técnica y provocadora con una barra de acero inoxidable de formas sinuosas. Un objeto casi alienígena, frío y reflectante, que actúa como el nuevo altar del barista y plantea un conflicto dialéctico. Es en la colisión entre el acero espejo y la madera labrada de Bak Lajos donde reside un diálogo de opuestos: la técnica de hoy —donde impera la estética del laboratorio— frente a la calidez artesanal del pasado.

Es así como Laboratorium nos recuerda que recuperar el sentido de pertenencia es la función más sagrada de la arquitectura. Al transformar esta antigua botica en un punto de encuentro, se ha actualizado la función social del Palacio Széki, sacándolo de su letargo privado para devolverlo al ciudadano. El vecindario ha vuelto a ocupar su sitio, pero esta vez bajo una lógica surrealista: el ambiente que antes curaba el cuerpo ahora reconforta el espíritu. Es la muestra de que los espacios más fértiles son aquellos que se atreven a ser, al mismo tiempo, lo que fueron y lo que aún no sabemos que serán.

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Mediante una restauración conservativa de un monumento de 1893, el equipo ha recuperado el mobiliario original de roble de B. Bak Lajos y las bóvedas policromadas. La clave del proyecto reside en el contraste entre estos elementos históricos y una barra de acero inoxidable contemporánea que actualiza el uso del espacio sin borrar su memoria.








