La Quinta de Adorigo se asienta en el talud de una ladera como si fuera un bancal más de la región del Alto Douro Vinhateiro. La orografía de la zona hace necesarios estos cortes en el terreno para el cultivo de las vides, un gesto que se ha repetido durante siglos y que ha servido para que este paisaje se reconozca como patrimonio mundial por la UNESCO. Pero esta imagen poderosa puede dificultar escapar de la nostalgia arquitectónica. ¿Cuál es el peso de la tradición en la industria vinícola?
El imaginario de la industra vinícola
Un encargo como el de La Quinta de Adorigo plantea, de entrada, los problemas de un edificio con un programa ambicioso —industrial y turístico a la vez—, que se debe encajar en una topografía complicada. Sin embargo, lo más habitual en este tipo de proyectos es derivar la conversación hacia la intención del arquitecto: ya sea por querer destacar por encima del paisaje o por su habilidad de integrar una pieza en el entorno.

Es difícil escapar de la imagen que se espera de una bodega. Se pueden intuir con naturalidad las geometrías y los materiales de una construcción aislada y enmarcada entre las líneas de cultivo. El paraje actúa como un algoritmo que nos señala siempre el mismo camino. Pero los arquitectos del Atelier Sérgio Rebelo se han aprovechado de ese lugar común —que es la silueta a dos aguas— para llevar la propuesta a un terreno menos romántico.

La Quinta de Adorigo: una bodega elegante
Siguiendo esta premisa, el caserío agrícola se ha convertido en un volumen orgánico —por cómo se desliza por la pendiente— y se descompone con gracia en dos plantas. Para no pasarse de la raya y que no parezca una nave espacial, los arquitectos han diseñado una estructura de costillas de madera que enlaza con la idea reconocible para el imaginario colectivo. Colocados uno junto a otro, los pórticos se cubren, se dejan abiertos, se rellenan de varias alturas o se dejan vacíos para resolver los requisitos de una variedad de usos tan amplia. La construcción abre un hueco grande en la ladera a la vez que manipula los niveles, las terrazas o el tamaño de las fachadas. Se juega el tipo en la forma, pero se mantiene correcta en los materiales. Elegancia y saber estar.


Hace tiempo que la agricultura dejó de ser un trabajo manual para ser una actividad industrial. Y parece que en este ámbito —como en muchos otros— el peso de la nostalgia recae sobre la arquitectura. Los procesos de elaboración de manufacturados como el vino se realizan en espacios con cualidades —control de temperatura, esterilidad, hermetismo, etc.— cercanas a las de un laboratorio. Por ello muchas veces se encierran dentro muros de piedra y cubiertas de madera como si el tiempo, de puertas para fuera, se hubiera congelado.


La Quinta de Adorigo se enfrenta directamente al trauma de la idea que todos tenemos en mente sobre una bodega. Un trampantojo sobre el oficio o sobre la artesanía que transforma a muchos enclaves rurales en belenes vivientes, y que fomenta la desconexión con la vida del campo. Una arquitectura de Atelier Sérgio Rebelo contra la nostalgia pensada completamente en el presente.

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Es un proyecto situado en la región del Alto Douro Vinhateiro que propone un programa complejo en torno a la cultura del vino.
Atelier Sergio Rebelo ha diseñado un edificio que parte de la cubierta a dos aguas de un caserío para deslizarse por la pendiente de varias terrazas.








