Matthew Biederman. Gozar en la realidad inflable

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Matthew Biederman introduce adultos en un castillo inflable y convierte el juego en una escena inquietante. A Quickie in the Bouncy House despliega una coreografía de placer forzado, saturación visual y cansancio contemporáneo, donde la risa persiste incluso cuando el cuerpo empieza a revelar el desgaste de la alegría obligatoria.

La percepción saturada de Matthew Biederman

Un castillo inflable suele ser un territorio para criaturas pequeñas: risas agudas, carreras torpes, esa energía inagotable que convierte el plástico brillante en un país entero. Sin embargo, en la pieza A Quickie in the Bouncy House, el castillo aparece ocupado por adultos: cuerpos en su madurez, gestos entre cómicos y extrañamente tensos, figuras que resbalan en un espacio que, en principio, no les corresponde. Es una escena poco habitual, pero no sorprende cuando descubrimos la firma: Matthew Biederman.

Matthew Biederman, a quickie in the bouncy house, arte digital
A quickie in the bouncy house. Matthew Biederman

Biederman lleva años trabajando sobre la percepción, la saturación visual y la relación entre tecnología y sensibilidad. Su obra oscila entre instalaciones inmersivas, espectáculos electrosensoriales y experimentos con imágenes generadas algorítmicamente. Algunas creaciones parecen estallar en patrones luminosos; otras descienden hacia una quietud que obliga a mirar con atención. Esa amplitud —esa capacidad para moverse entre el tecnoarte y una especie de tecnomelanconía— define su trayectoria.

Matthew Biederman, a quickie in the bouncy house, arte digital
A quickie in the bouncy house. Matthew Biederman

Su biografía también contiene esos cruces. Nació en Estados Unidos, ahora vive en la casi invisible Canadá y su formación transita entre escuelas artísticas, ambientes de experimentación tecnológica y colaboraciones que rozan la ingeniería creativa. En ese mapa aparece MIT, donde figuras como Neri Oxman han ampliado los límites entre diseño, arte y ciencia. En ese clima intelectual puede leerse la forma en que Biederman observa el mundo: con distancia crítica, pero también con una ironía muy precisa. Y así llegamos a A Quickie in the Bouncy House.

El goce como desgaste

Bajo su apariencia ligera, esta pieza es un pequeño tratado sobre el goce contemporáneo: el placer convertido en rendimiento, el juego hecho parodia y la alegría como una coreografía cansada. Los adultos dentro del castillo inflable parecen divertirse, pero algo en su movimiento redundante e infinito descoloca. El vídeo transforma la risa en un bucle inquietante y lo festivo en algo casi grotesco. En él, los colores son intensos, pero machacados, mientras que los cuerpos parecen felices, pero se deforman y se aplastan.

Matthew Biederman, a quickie in the bouncy house, arte digital
A quickie in the bouncy house. Matthew Biederman

La belleza es torpe y el deleite queda impregnado de una sexualidad absurda. Las lentes, las joyas, las prendas cool brillan, pero las acciones revelan agotamiento. Placeres elegantes que, al repetirse, se vuelven casi repulsivos. Júbilo interminable que desemboca en un pequeño horror doméstico. Goce, vómito simbólico y retorno inmediato a la risa: ese es el paisaje. La felicidad hoy exige no detenerse y por eso el arte, cuando es honesto, exhibe justo esa grieta.

Esto recuerda —de manera extraña, pero pertinente— a El manantial (1943) de Ayn Rand. En esta novela, su protagonista —el arquitecto Howard Roark— se enfrenta a la presión de “gustar”, de plegarse al gusto mayoritario y elige lo contrario: hundirse antes que traicionarse. Esa tensión entre lo verdadero y lo “agradable” atraviesa también esta obra de Biederman. Porque A Quickie in the Bouncy House aplasta lo real, exagera lo visible y hace tambalear cualquier certeza.

Matthew Biederman, a quickie in the bouncy house, arte digital
A quickie in the bouncy house. Matthew Biederman

Biederman nos confronta con un espejo esperpéntico: una celebración pop que, al observarla de cerca, revela su cansancio. Una fiesta que insiste en permanecer alegre, aunque las acciones ya no respondan. Una arquitectura blanda que sostiene un mundo que, quizá, ha olvidado hacia dónde se mueve. En esa hipérbole —esa risa que se desborda— surge la pregunta incómoda: ¿cuánta felicidad podemos sostener sin que se vuelva caricatura?

En este enlace puedes leer más artículos sobre Matthew Biederman.

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