La finca del Castillo de Bouchout ha sufrido varias modificaciones desde que en 1939 se instalaran los primeros edificios de lo que se convertiría en el Jardín Botánico de Meise, el más grande de toda Bélgica. Gijs Van Vaerenbergh apuntaba su nombre en la larga lista de intervinientes cuando completaron el encargo de transformar un islote de la gran laguna que rodeaba a la construcción en una colección de especies acuáticas. ¿Cuánto se puede cambiar un sitio sin modificar su esencia?
Islas artificiales en el Jardín Botánico de Meise
En el jardín botánico de Meise conviven restos de castillos medievales del siglo XII con refritos historicistas rodeados de invernaderos, colecciones botánicas y una gran laguna. Una mezcla de estilos y de épocas que puede confundir acerca de la identidad de una zona representativa en la historia de la región, pero que parece convivir en un delicado equilibrio.

Precisamente, el dúo que forman Gijs Van Vaerenbergh es conocido por trabajar la memoria de los espacios con la sensibilidad y la audacia que requiere un proyecto de este tipo. Para esta ocasión, con la ayuda del paisajista Arne Deruyter optaron por descomponer pequeños islotes y unirlos, con una pasarela, a una porción de terreno que se conservaba en el interior de la masa de agua para colocar las especies acuáticas en el nuevo lugar. De esta manera, se podía conseguir una mayor superficie de orilla: el ecosistema natural de la vegetación que demandaba el jardín.

La importancia de la pasarela de Gijs Van Vaerenbergh
Decidir la estrategia de intervención facilita el diseño, pero no resuelve el problema de esa identidad que suponíamos en peligro. Separar en células lo que antes era un todo puede detectarse como una modificación severa de un paisaje y, con ello, de la imagen y recuerdo del enclave; no obstante, renunciar a ello podría significar estancarse en un pasado ficticio.

Los arquitectos confiaron en el contraste de colores y en la geometría pulida de la mancha de aceite blanco que dibuja la estructura sobre el pantano. A diferencia de otras propuestas que incorporan la textura rugosa del territorio en el acabado del hormigón —como los de Junya Ishigami o de Ensamble Studio—, para las pasarelas se optó por un acabado de árido visto con un borde perfectamente rematado. La planeidad a la que obliga este tipo de técnica se contrarrestó con un juego de topografías artificiales y árboles que ocultan por tramos parte del recorrido. Un jardín no puede permitirse el lujo de no contar con un paseo emocionante.


El tándem de Gijs Van Vaerenbergh apostó por integrar un elemento que cosía la memoria y el nuevo uso. Una pasarela que sirve para conectar con un trayecto peatonal para hacer visitable el archipiélago y a la vez para señalar la dimensión del terruño flotante. Una estructura de hormigón encofrada con los barros del suelo, que al ser descubierta y vista desde lo alto diga en voz alta clara: “Aquí hubo una vez tierra”.

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La intervención de Gijs Van Værenbergh se encuentra en el Jardín Botánico de Meise, al norte de Bruselas.
Los arquitectos diseñan una pasarela con una topografía para incorporar colecciones botánicas de plantas acuáticas dentro de una laguna existente.






