En Almaty, la antigua capital de Kazajistán, la arquitectura de NAAW Studio ha reinterpretado la idea de identidad en el restaurante Auyl. No se trata de una construcción que busca el artificio de lo nuevo, sino de una que celebra la continuidad de la tradición artesanal. Auyl —que significa “pueblo” en kazajo— rinde homenaje al recuerdo como una manera peculiar de modernidad.
Trenzar la identidad de Kazajistán
La fascinación que sentimos por otras culturas casi nunca responde a lo funcional. En el fondo, los seres humanos compartimos pasatiempos, deseos y problemas semejantes; pero lo que realmente nos atrae es la forma. En el caso de la identidad europea, esta tiende a lo divino y hay en ella una visión común que sigue bebiendo de las fuentes grecolatinas. Hemos definido su ideal de belleza sobre materiales nobles, pulidos y sin aristas, como si el tiempo no debiera dejar huella y la belleza solo pudiera ser prístina. Sin embargo, en otros lugares dicha materia respira distinto.

En Almaty (Kazajistán), el edificio del restaurante Auyl se alza como un refugio impregnado de la tradición nómada del país, una atmósfera que se mueve entre lo natural y lo espiritual. El lenguaje arquitectónico empleado aquí por NAAW Studio tiene que ver —casi de manera irremediable— con lo textil; con la geometría que se pliega, se curva y se cruza para imitar el movimiento las tramas de las alfombras y los cestos de mimbre que durante siglos acompañaron la vida cotidiana kazaja.

Lo que NAAW ha conseguido va un paso más allá de una simple propuesta formal, configurando una fachada con una serie de volúmenes unidos, igual a una gran cesta urbana. De ese modo, la construcción resultante parece traducir al presente la memoria de un oficio haciéndolo respirable y tangible.


El lenguaje de los materiales trenzados de Auyl Restaurant
En el interior de Auyl se mantiene la elección de componentes que refuerzan la sensación de honestidad. El trenzado —omnipresente en techos, revestimientos y mobiliario— se convierte en la urdimbre de una yurta que vincula lo frágil y lo resistente. Maderas y metales que envejecen, tejidos locales que admiten la imperfección como parte de su estética y superficies rugosas que atrapan la luz cambiante. Un conjunto de detalles que elevan la materialidad como parte de la narración, haciendo que la textura sustituya al ornamento.

La cocina abierta —bajo grandes cúpulas que rememoran objetos culturales— invita a participar en el proceso culinario como una ceremonia. Una escenografía donde las referencias kazajas se muestran reinterpretadas, latentes en los relieves del Koshkar-muiz —el cuerno de carnero, símbolo de vitalidad— que se insinúan en alfombras, maderas y yesos.


Toda esta estrategia relaciona el pasado rural del país con su presente más inmediato. Y quizá eso sea lo más interesante de este restaurante: su capacidad de contar una historia antigua con un lenguaje nuevo, sin pretender copiar una estética vernácula, sino entendiéndola para que florezca entre otras condiciones.

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