De niño, Luis XIV tuvo que huir de París, perseguido por parte de la nobleza que estaba en contra del poder centralizador del cardenal Richelieu. Aquellos acontecimientos llevaron al futuro rey Sol a construir fuera de la capital un palacio grandioso. Un lugar donde todo girara en torno a su figura, como los cuerpos celestes giran alrededor del sol.
Cuando hoy visitamos Versalles, sigue imponiéndose aquella grandiosidad. Por eso ha generado cierta expectativa que una personalidad como del artista y arquitecto Olafur Eliasson, tan atento a conciliar naturaleza, percepción y cultura, haya conseguido dejar su impronta en un contexto tan barroco y artificioso.
El artista y arquitecto danés Olafur Eliasson se ha interesado tanto por los jardines como por el palacio, a los que ha poblado de sutiles instalaciones. Elementos lumínicos insertados en espejos móviles o fijos retratan el sol y la luna en distintas fases: esos mismos cuerpos celestes que Luis XIV utilizaba para representarse a sí mismo, y admirarse en los innumerables espejos de cada sala. Todas las obras se han concebido para integrarse en la arquitectura original. Incluso Your sense of unity, en la gran galería de los espejos, nos lleva a preguntarnos qué vemos y cuál es nuestro lugar dentro de esas líneas que se multiplican hasta el infinito.
En el exterior, Olafur Eliasson se interesó por el agua y sus distintos estados. Ya en París, y con motivo de la COP21 hace un año, había instalado trozos de glaciar de Groenlandia en la Plaza del Panteón para hacer palpable la urgencia del calentamiento global. En Versalles, el agua se solidifica en morrena (la materia fértil en la que se transforma un glaciar cuando se derrite) o pasa a estado gaseoso en Smog Assembly. El objetivo de esta última pieza es “nublarnos la vista, obligarnos a reorganizar nuestros sentidos y crear otro sistema para orientarnos”, según palabras de Eliasson. La ceguera es también una herramienta para criticar nuestra negativa a ver la brutal transformación del clima. Y por último, la cascada que se ha instalado en el Gran Canal a una altura que permitía ocultar el sol el 21 de junio, día del solsticio de verano. Con una grúa amarilla, el artista crea un salto que nos recuerda que los jardines se construyeron para ser impresionantes. “La grúa representa también la construcción de nuestra realidad y remite al hecho de que el jardín no es natural, sino producto de la cultura”.
A lo largo de su trayectoria creativa, Eliasson siempre ha investigado la relación entre naturaleza y arte. En el caso de este proyecto ha reelaborado una visión del clasicismo para hablar de la vulnerabilidad del clima y denunciar las consecuencias de la actividad humana. Todo ello en una combinación de paisajismo, arte lumínico e instalación.