En Arnhem (Países Bajos), el estudio Space Encounters ha levantado Dolmen: una estructura que se siente tan antigua como las primeras manos que apilaron menhires, y tan nueva como un artefacto llegado de otro planeta. Su presencia oscila entre la memoria de la tierra y la anticipación del futuro, como si hubiera estado aquí antes de nosotros y siguiera aquí después.
Dolmen: la gravedad de un objeto imposible
Al enfrentarse a Dolmen, uno no sabe si está ante un refugio megalítico o ante un módulo de exploración enviado desde una civilización desconocida. Su geometría compacta, tallada como un bloque único, recuerda a los dólmenes prehistóricos: aquellas arquitecturas sin autor que, como escribió Fernand Braudel, nacieron de una necesidad tan básica como perpetua: la de protegerse.

Sin embargo, su superficie metálica y la minuciosidad de sus ensamblajes lo sitúan en otro registro temporal. Hay algo de brutalismo lunar en su forma, como si sus autores hubieran soñado con una cápsula de aterrizaje y la hubieran dejado caer en un paisaje holandés. Space Encounters ha trabajado aquí como si estuviera cincelando un extraño artefacto ceremonial. Aunque pequeño en escala, el volumen se presenta monumental en un sentido nada superfluo, apoyado sobre tres columnas de siete metros de altura.

Una cabaña en altura entre Stonehenge y el módulo lunar
Su impresión de mirar hacia dentro mantiene ese halo de misterio que convierte a este objeto arquitectónico en un símbolo. Como Stonehenge o los cromlechs del País Vasco, su forma invita a la especulación: ¿es un lugar de reunión? ¿Un experimento técnico? ¿Un monolito que marca un instante en el calendario de la arquitectura contemporánea? Pero si lo miramos con otros ojos, hallamos en él un parentesco con las cápsulas espaciales de los años 60 y 70, aquellas que aparecían en las visiones de Archigram o en la ciencia ficción de Kubrick.


El exterior opaco protege un interior depurado donde la luz entra con mesura. El acceso por medio de una escalera helicoidal en amarillo refuerza la sensación de estar cruzando un umbral hacia otra dimensión: un gesto tan antiguo como entrar en una tumba, y tan moderno como acceder a un laboratorio orbital. La textura y el acabado potencian esta ambivalencia espacio-temporal. Igual que ocurre con ciertos elementos industriales, su forma genera tanto familiaridad como extrañeza. El habitante se siente atraído sin saber del todo por qué, reconociendo en él un eco ancestral y una promesa de futuro.


Podríamos decir que, en Dolmen, Space Encounters ha plasmado algo difícil: una construcción que parece pertenecer a dos mundos. Uno que habla de permanencia y sedimentación, y otro que anticipa movimientos, exploraciones y cambios. Quizá esa sea su verdadera fuerza: recordarnos que la arquitectura, cuando se aleja del dictado inmediato de la función, puede volver a ser un arte de preguntas. Preguntas que vienen de muy lejos y que apuntan a lugares que aún no conocemos.


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