En las obras de Anna Hulačová se suele mezclar mitología y simbolismo con agricultura y ecología. Ahora ha presentado Bucolica en el Kunstraum Dornbirn de Austria: una exposición con una narrativa distópica y futurista donde la pastoral se endurece. Figuras sin épica, atravesadas por la fricción entre lo rural, la industrialización y el desgaste ecológico y que conviven con una arquitectura de silos y materiales que oponen lo inerte a lo vivo.
Socialismo y hormigón: el brutalismo como paisaje heredado
Dos ejes caracterizan la obra de Anna Hulačová, nacida en la antigua Checoslovaquia en 1984 y graduada en la Academia de Bellas Artes de Praga: el contexto político en el que creció y cómo ese trasfondo se filtra en el uso del hormigón, su material fetiche. Para entenderlo, conviene recordar los cambios políticos que se fueron sucediendo en el último cuarto del siglo pasado, como la Revolución de Terciopelo —que puso fin a más de cuatro décadas de régimen comunista—, la disolución de Checoslovaquia en dos países y, ya como República Checa, su adhesión a la UE en 2004. Este tránsito no borró el paisaje heredado, ya que la estética del bloque del Este —arquitectura estatal de posguerra con rasgos brutalistas— siguió marcando lo urbano y lo rural, junto a una memoria de colectivización y mecanización del territorio.

De ahí surge parte del imaginario de Hulačová: de ese optimismo técnico que deriva en distopía ecológica. Pesado, austero y con imperfecciones superficiales, el hormigón vacía de psicología, gesto y épica las figuras de la artista, además de vertebrar y apuntalar las formas y los conceptos de su escultura. Una decisión ética que retrotrae a esa aura soviética del siglo pasado y a las promesas de modernización, progreso y desarrollo durante la Guerra Fría. De hecho, en este mismo campo matérico también utilizan otras creadoras, como Monika Sosnowska y Mirosław Bałka, aunque con otros enfoques. Emblema de la infraestructura moderna, este componente arrastra su reverso por su alto coste medioambiental, razón que lo sitúa como parte del Antropoceno: por la huella de su fabricación y por el choque que instala entre industria y naturaleza

Hulačová plasma esta fricción cavando panales en sus obras, como en Calf Bearer (2025), donde colmenas ocupan cavidades y sustituyen órganos, haciendo que el cuerpo reescriba su propia anatomía. La “bugonia” —mito de renovación cíclica entre vida y muerte— convierte el hormigón en un elemento vivo. Asimismo, en sus propuestas también puede verse otras opciones, incorporando granos o ramas —como “restos” de un ecosistema— o también cerámica, madera y chapa metálica, con los que realiza estructuras que acompañan a muchas de sus estatuas.


Bucolica. La iconografía de Anna Hulačová
En Bucolica, las doce figuras y recursos arquitectónicos nos hablan de tecnificación y de naturaleza que se revela junto a silos y torres de chapa. Los campesinos que la componen son presentados mayoritariamente sin rostros ni manos, detenidos en una pausa laboral y colectiva extraña (Man with a hoe, 2025). Dentro de la sala Kunstraum Dornbirn —una antigua nave de montaje industrial— se muestra una escena de trabajo con personajes que siembran, cosechan, descansan o comen. Pero cuando irrumpe el panal (Sowers, 2025) el conjunto deja de “representar” este entorno. La urdimbre del panal se incrusta en el hormigón y desplaza la lectura hacia una lógica no humana, más cercana a la colonia que a la productividad. Una acción que recuerda a Untilled Liegender Frauenakt, 2012, de Pierre Huyghe, donde una colmena viva coloniza la cabeza de una escultura de hormigón.

En esta exposición, Hulačová invierte la mirada del realismo socialista: el campesinado, emblema de progreso y avance, aparece sin impulso y detenido. El contraste se ve con claridad en Worker and Kolkhoz Woman (1937), una escultura de Vera Mújina en la que dos cuerpos heroicos se lanzan hacia delante convirtiendo su esfuerzo en una promesa histórica. Pero en las entidades de Hulačová,la herramienta pasa de ser un símbolo para volverse un lastre que ata y no emancipa. Y cuando esa promesa ya no brilla —la de la modernización, la industrialización del campo, el futuro mejor—, la pastoral se agrieta, el ideal se rompe. Lo bucólico ya no es un paisaje idílico: es un sistema tan pesado como el hormigón. Entre los límites de la sala del Kunstraum Dornbirn, el escenario hace que el “campo” se advierta a modo de montaje como un mecanismo complejo. Lo rural se presenta como algo ensamblado, productivo, repetitivo, más cercano a una cadena de montaje o a un dispositivo que a un idilio.

En este enlace puedes leer un artículo sobre las esculturas biónicas de Alexandra Bircken.








