Lo que por su innovación, experimentación y rigor técnico podría parecer un laboratorio es, en realidad, la tienda-librería del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza. Allí, las obras de la colección encuentran nuevas escalas y soportes, prolongando la experiencia del museo más allá de las salas. En este contexto, la firma Mosaista ha trasladado grandes piezas de la historia del arte al lenguaje de la baldosa hidráulica, reuniendo en ellas tradición y excelencia artesanal.
Mosaista: la modernidad de la baldosa hidráulica
Este encuentro entre Mosaista, el museo y la artista y diseñadora Carlota Pereiro surge de una búsqueda compartida: la de colaborar con firmas capaces de reunir oficios y diseño. Pereiro ha reinterpretado fragmentos de obras de la colección Thyssen en mosaicos artesanales, dando forma a una serie en la que la geometría de las vanguardias se entrelaza con la herencia de la baldosa hidráulica. “Todo comenzó con la admiración por la nobleza de la baldosa hidráulica y la ilusión de crear diseños inspirados en grandes artistas de finales del siglo XIX y mediados del XX, pero desde una mirada contemporánea”, afirma Iván Alvarado, director creativo de Mosaista.

En este proyecto, cada baldosa —de edición limitada— funciona como un pequeño lienzo mineral: superficie ligeramente satinada, de cuerpo denso, bordes precisos y una textura que revela que la imagen está integrada en la propia materia. Presentadas como piezas individuales, como bandejas o como módulos que pueden originar murales a medida, estas creaciones se sitúan orbitan entre el objeto de diseño y el componente arquitectónico pensado para el espacio.

Junto al equipo de la firma, Pereiro ha celebrado la fusión alcanzada entre arte, diseño, belleza y uso. Después de años imaginando una propuesta así, ambos reivindican la satisfacción de haberlo llevado a cabo y de ofrecer a quienes se sienten próximos al arte algo más perdurable que una postal: un fragmento material de esa emoción.
Del lienzo del Thyssen-Bornemisza al mosaico
Las baldosas hidráulicas se extendieron por buena parte del mundo desde finales del siglo XIX y alcanzaron una difusión notable al brindar una solución intermedia entre el trabajo artesanal y la producción industrial. Su auge respondió a la posibilidad de reproducir motivos ajustados a cada superficie, generando una diversidad extraordinaria de modelos que se adaptaban a gustos y contextos diferentes; pero con el avance de la construcción a gran escala, aquella costumbre fue perdiendo presencia. No obstante, la firma Mosaista recuperó esta herencia a partir del año 2000 al retomar la técnica de Miguel Adrover, y desde entonces concibe y produce piezas exclusivas con materiales de proximidad en su taller, el único de la Comunidad de Madrid especializado en baldosa hidráulica.

En paralelo, el museo Thyssen-Bornemisza lleva años tejiendo una red de colaboraciones con firmas nacionales atentas al valor de la artesanía, con la voluntad de incorporar productos con identidad y calidad propias. Lejos de esa tendencia que ha llevado a muchas tiendas de museo a homogeneizar su oferta, la colaboración con Mosaista traza una vía distinta: afianzar el vínculo con el territorio y los saberes locales, mientras traslada a la vida diaria producciones que establecen un puente directo entre la colección y la vida cotidiana.
Al trasladar fragmentos de Sándor Bortnyik, Paul Klee, Juan Gris, Theo van Doesburg, Edward Hopper y Wassily Kandinsky a un soporte arquitectónico como la baldosa hidráulica, el proyecto nos lanza una pregunta. ¿Qué sucede cuando una imagen concebida para la contemplación se convierte en una superficie que se pisa, se usa y se incorpora a salón o una cocina?

Este acercamiento al arte abre la posibilidad de entender el museo no únicamente como espacio de exhibición, sino también como una institución capaz de extender su influencia hacia el entorno doméstico. Además, nos recuerda que el patrimonio no se reduce a un conjunto de obras preservadas en vitrinas, sino que constituye un repertorio de formas, colores y ritmos susceptible de encontrar nuevas encarnaciones sin perder espesor. Está en las casas que habitamos, en las calles que recorremos y en los lugares que dejan huella en nuestra memoria.
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