Derribar un edificio mal construido para permitir que, en ese lugar ocupado por él, emerjan todos los árboles de un gran bosque oculto. Esta podría ser una posible forma metafórica de explicar qué es Rodoreda, un bosque, la retrospectiva comisariada por Neus Penalba en el CCCB, y disponible hasta el 25 de mayo de 2026.
Mercè Rodoreda: más allá del mito de la delicadeza
Mercè Rodoreda nació en Barcelona en 1908 y falleció en Romanyà de la Selva en 1983. Entre su infancia —transcurrida en una casa con un frondoso jardín, aprendiendo de su abuelo el nombre y el amor por las flores— y sus últimos diez años de vida en un pequeño pueblo del Ampurdán —donde pudo volver a vivir junto a un jardín— medió una vida marcada por la guerra y la amargura del exilio. Conoció de cerca y sufrió toda la crueldad de la violencia, la pérdida y el desarraigo que la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial causaron; entre ellas, la condena al silencio de su propia lengua. La escritura fue para Rodoreda un lugar de supervivencia y de resistencia: allí preservó su identidad, mantuvo viva la lengua de su voz interior y guardó, metaforizándolo con una visceralidad tan dolorosa como perturbadoramente delicada, el testimonio humano de aquella devastación.

Papel Glicée Photo Rag baryta montado en Forex. Impresión, 2023. Cortesía del artista
Rodoreda comenzó a publicar en los años treinta, pero fue durante los años de su exilio en París y Ginebra cuando empezó a afirmar la singularidad de su voz literaria a través de una prosa depurada y de engañosa sencillez, dentro de la que se condensa una potentísima carga poética. En cuentos y en novelas como La plaça del Diamant (1962), El carrer de les Camèlies (1966), Jardí vora el mar (1973), Mirall trencat (1974), Viatges i flors (1980) o La mort i la primavera —novela inacabada e “inacabable”, como bien señala Neus Penalba, la comisaria de esta exposición—, desplegó un universo de casas, calles, jardines, bosques, aldeas… en los que la vida de sus personajes coexistía con un imaginario simbólico, a menudo crudo y profundamente inquietante. Sus protagonistas son outsiders venidos de los fondos oscuros del cuento maravilloso. Son sobre todo niños, adolescentes y mujeres que están en el mundo con ojos inocentes: limpios y extrañados.

La muestra se abre con el aviso de que posiblemente “no hemos visto bien a Rodoreda”. Se han atribuido a su escritura y a su figura toda una serie de tópicos burdos que la han reducido y distorsionado, ciñéndola a una dimensión delicada, llana e inofensiva, también culturalmente institucionalizada, que aquí es absolutamente destruida mediante un ejercicio comisarial admirablemente complejo y osado. Dicho ejercicio, citando el texto elaborado por el escritor Martí Sales, ha consistido en “no explicar a Rodoreda, sino ver qué ha hecho y qué son capaces de hacer sus libros”.

Un árbol en el CCCB para adentrarse en la escritura de Rodoreda
El cuerpo de la exhibición toma el motivo del bosque y la vegetación como símbolo para recalcar la importancia de los elementos naturales en su literatura, así como para tejer, dentro de una estructura conceptual ramificada, los motivos esenciales de Rodoreda: guerra, exilio, deseo, transformación y muerte. De ese modo, el visitante es guiado por todo el interior del organismo de un árbol inmenso y vivo, sumergido “en los grandes temas de su obra, entendiéndolos como una red de significantes que, tal como las raíces y las ramas, se extienden en complejas y entrelazadas ramificaciones de sentido”.


Penalba ha urdido una minuciosísima e intensa experiencia fenomenológica donde más de cuatrocientos elementos desplegados por esa escenografía arbórea hacen visibles, sensoriales, a Rodoreda y a la sustancia de su historia y su escritura. Y ofrecen una lectura muy extensa y profunda que deja emociones y pensamientos de difícil articulación e indecibles. Un estado desde el que, posiblemente, se esté muy cerca del que fuera su sentimiento existencial y literario.

Cuadernos y manuscritos originales, pinturas, fotografías, cartas, entrevistas, reportajes y todo tipo de documentos biográficos se sitúan junto a piezas visuales de muy diferente carácter —pertenecientes a artistas de los siglos XX y XXI—, habitando todas ellas en un espacio donde instalaciones sonoras, fragmentos escritos, esculturas orgánicas, proyecciones y obras específicamente concebidas para esta retrospectiva hacen presentes las palabras y los símbolos de Rodoreda. Se logra así cumplir el enorme reto de dar un preciso esbozo de un paisaje interior de gran hondura y la sustancia de una escritura, de penetrar en el silencio y la imagen de lo no escrito. A la vez que, simultáneamente, se permite visualizar la dolida y oscura alma colectiva del trágico tiempo de la guerra, para reconocer claramente a esta autora como testigo e individuo creador activo dentro de esta, junto a escritores y artistas europeos claves del siglo XX.

Reivindicar a fondo a una verdadera Rodoreda y acercarla a todo tipo de lectores, ayudando a comprenderla incluso antes de leerla: ese es el propósito de Rodoreda, un bosque. No obstante, resulta imprescindible destacar que se trata de un recorrido singular, que en absoluto sería exagerado calificar de prodigioso. Es, en sí mismo, una instalación artística donde la necesidad de poder explorar con rigor a Rodoreda se materializa en la construcción y experiencia de otra forma de escribir y leer.

Este artículo ha sido escrito por Martina Massad en colaboración con Alicia Guerrero Yeste.
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