Cada año, Generación —la convocatoria impulsada por la Fundación Montemadrid— ejerce de termómetro del arte emergente en España. La edición de 2026, presentada en La Casa Encendida hasta el 19 de abril, reúne seis proyectos que comparten una idea común: el arte ya no se limita a producir objetos, sino que propone experiencias que se activan en relación con el cuerpo, el espacio y el tiempo.
Seis artistas, seis maneras de tensionar el espacio en la Casa Encendida
Los artistas seleccionados —Élan d’Orphium, Hodei Herreros Rodríguez, Claudia Pagès Rabal, Maya Pita-Romero, Victor Ruiz Colomer y Víctor Santamarina— operan desde lenguajes distintos, pero coinciden en un modo de producción híbrido donde escultura, sonido, instalación y acción se entrecruzan en un mismo plano. Cada proyecto desarrolla su propio lenguaje, desde estructuras blandas y arquitecturas textiles hasta dispositivos sonoros o esculturas en transformación que ponen en juego la mirada, la escucha y el movimiento. Además, sus trabajos abordan el espacio desde la performatividad, que articula el diálogo entre las obras; y el atravesamiento, que abre un marco para pensar subjetividades y resistencias.

Uno de las propuestas más sugestivas es la de Claudia Pagès Rabal (Marcas de agua: torres, castillos, perros y Laia), que se construye a partir de un elemento aparentemente invisible: las filigranas del papel. La instalación muestra marcas de agua del siglo XV —torres, castillos o animales— en un momento histórico señalado por expulsiones, colonización y violencia política. Pagès utiliza estas imágenes como una especie de máquina del tiempo que trae al presente símbolos del pasado. En la pieza sonora interviene Laia, su sobrina de dos años, que responde a las proyecciones intermitentes con una negación espontánea —“torre no, castillo no”— introduciendo una lectura inesperadamente crítica desde la inocencia infantil.

Si Pagès rastrea la violencia en la frialdad del archivo y el papel, Maya Pita-Romero traslada esa búsqueda a un plano mucho más táctil y orgánico. Su instalación Sin nunca llegar a la boca adopta la forma de un túnel-garganta que se comporta a la vez como refugio y como ambiente de cambio. Ese interior blando y orgánico —erigido con textiles, plantas y látex— evoca un lugar que protege y cuida, pero que también puede asfixiar. La intervención se acompaña de un paisaje sonoro y un texto narrado que reflexiona sobre el cuerpo en la oscuridad y sobre las voces que se originan en la garganta, pero que no siempre llegan a pronunciarse.

Este campo de cuidados y texturas se quiebra ante la propuesta de Élan d’Orphium, quien desplaza el foco de lo doméstico hacia un territorio mucho más crudo y radical. En Acto de amor, una acción corporal sostenida en el tiempo deviene escultura. A partir de un suceso cotidiano —orinar— se generan pequeños pájaros de hielo dorado que deben ser repuestos continuamente en el congelador que les sirve de jaula. El color de estas figuras varía según la composición biológica del propio artista —lo que come, lo que vive—, de modo que cada canario es una suerte de registro material del cuerpo y de su memoria.

Generación 2026: escucha, desplazamiento, colapso
Esa conversión de lo fluido en materia sólida encuentra su eco inverso en el trabajo de Hodei Herreros Rodríguez, que otorga una dimensión escultórica a algo tan etéreo como la voz. En The voiceless voice of the girls explora la relación entre la voz y una partitura coral basada en ejercicios de feminización vocal para mujeres trans. La instalación se configura también en torno a saberes cosméticos asociados al maquillaje, un campo tradicionalmente marginado en la práctica artística. Al poner en comunión voz y maquillaje, Herreros reivindica estos gestos como modos de comunidad y como herramientas para hacer audibles voces habitualmente silenciadas.

Esta reflexión sobre voz, cuerpo y lenguaje conduce a las zonas de tránsito que propone Víctor Ruiz Colomer. Su proyecto l>ii<z se despliega en umbrales, pasajes o áreas intermedias vinculados al desplazamiento. Para elaborarlo, Ruiz Colomer llevó su método de trabajo fuera del estudio, concretamente a un hospital psiquiátrico, donde colaboró con psiquiatras, psicólogos y pacientes. A partir de estas conversaciones, analizó la relación entre imágenes, ambientes y plasticidad neuronal, interesándose por aquellas formas de pensamiento que se apartan tangencialmente de lo convencional. En sala, la investigación se concreta en dos pequeñas figuras de cartón de estructura intrincada.

El pensamiento oblicuo que Ruiz Colomer traduce en papel, alcanza su límite físico en la obra de Víctor Santamarina, donde la estructura ya no solo se desvía, sino que se rinde al colapso. En su instalación Subsidencia, volúmenes de cera se deforman lentamente en un hundimiento vertical apenas perceptible. Inspirado en el fenómeno geológico de la subsidencia, el artista concibe el colapso como un proceso generativo, no solo destructivo: la fractura de algo que abre la posibilidad de reorganizar el sistema y repensar el presente.

Desde su creación en el año 2000, Generación ha favorecido la carrera de artistas que posteriormente se consolidarían en la escena internacional. La lista de participantes en otras celebraciones anteriores incluye nombres como Eva Fàbregas, Dora García, June Crespo o Teresa Solar. La edición de 2026 confirma ese papel de laboratorio que, más que congregar creaciones concluidas, muestra seis investigaciones en curso donde escultura, sonido e instalación funcionan como dispositivos para alterar la percepción, privilegiando el progreso y la transformación frente a lo definitiva.

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