El relato de casa EME comienza con un recuerdo y un deseo. El recuerdo de Manuel, su propietario -un amante del diseño y la cocina-, cuando entra por primera vez en la vivienda, antes de adquirirla, en una de las muchas visitas a distintos pisos del centro de Madrid, y tiene la sensación de haber vivido ya en un lugar parecido -al menos con el mismo espíritu-, pero en otro tiempo. Y el deseo: imaginarse leyendo en esa casa, una tarde cualquiera de domingo en el sofá, con la luz entrando por los cinco ventanales del salón, enmarcando la ciudad y con vistas a la Plaza Mayor, la calle Toledo, la Plaza de Puerta Cerrada y la Colegiata de San Isidro el Real. Todos ellos lugares profundamente significativos del Madrid castizo.
“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”
El dinosaurio. Augusto Monterroso, 1959.


Ubicada en un edificio en esquina del Madrid de los Austrias, casa EME es una atalaya inserta en un tejido urbano denso y compacto, de origen barroco -ya grafiado en el famoso plano de Pedro Texeira de 1646-, rodeada del bullicio y el turismo característicos de los centros históricos contemporáneos. Con una planta cuya geometría se parece a la pajarita de un traje, la configuración original de esta vivienda de 108 m², completamente volcada al exterior, carecía de una lógica espacial clara. Estaba compuesta por cinco habitaciones de distintas dimensiones, seis balcones y dos ventanas a la calle, además de un impresionante suelo continuo de madera maciza tropical IPE, de distintas tonalidades, que, a modo de alfombra, ocupaba toda la superficie de la casa, con la única excepción del cuarto de baño, que era de cerámica.
Los recorridos y las relaciones espaciales entre los distintos usos del programa doméstico original estaban mal resueltos: la cocina, asociada a un cuarto de baño sobredimensionado, se ocultaba al fondo de la casa; el dormitorio, de reducidas dimensiones y alejado del baño, contaba con dos accesos —uno de ellos directamente desde el salón—, lo que dificultaba la correcta organización de ambas estancias; y, en el centro de la casa, el espacio más oscuro y, a la vez, más singular por su geometría trapezoidal, aparecía como un gran vacío de circulación, sin uso definido, que acentuaba la falta de coherencia del conjunto. Una oportunidad perdida.


La nueva propuesta parte de una premisa estricta y deliberada: conservar íntegramente el suelo de madera existente no solo como revestimiento, sino como memoria material que ancla el proyecto al lugar y al tiempo. Esta decisión condiciona una intervención cuya mayor virtud es la de trabajar con lo ya dado y, al mismo tiempo, restablecer las relaciones topológicas y programáticas de la vivienda para adaptarlas al modo de vida de Manuel.
El suelo ya estaba ahí y así se ha querido dejar: con las huellas de su uso reiterado, con esa estabilidad imperfecta que el paso del tiempo concede a las cosas. Sobre la misma madera de antes se despliega la nueva casa, manteniendo el sistema de habitaciones de la configuración previa. Como en un juego de piezas deslizantes, el programa se desplaza sobre la planta hasta alcanzar un nuevo orden, una lectura del espacio doméstico más clara, eficiente y sugerente.

Entre las operaciones de reprogramación más significativas, el dormitorio se vincula al cuarto de baño, cuyo interior recrea un paisaje exterior mediante el uso de verdes de distintas tonalidades, a través de un volumen pasante cerrado de color verde nube que favorece la flexibilidad de uso y alberga el almacenaje de ropa. Ambas estancias se conectan ahora a través de la huella del antiguo baño, materializada en una marca cerámica que, lejos de ocultarse, se hace visible, poniendo en valor el tiempo y la memoria de la casa.



La cocina pasa a ocupar el corazón de la vivienda: un espacio social que se convierte en centro y lugar de encuentro cuando vienen amigos a casa a probar la especialidad de Manuel: la paella. La entrada -el punto más frágil y estrecho de la vivienda, con apenas un metro de ancho y que es la bisagra entre lo público y lo privado- se cualifica bajando el techo y marcándola de amarillo. Finalmente, se anula una de las puertas que antes conectaban con el salón, transformando ese espacio en una habitación sin nombre, flexible, de múltiples usos, que lo mismo sirve para estudiar como para acoger a invitados sin condicionar el ritmo de vida de Manuel.


Cada nueva estancia se define a través de un mobiliario específico que o bien se integra en el espacio como almacenaje continuo de suelo a techo, o bien forma parte de un sistema de objetos que cualifica y caracteriza cada habitación. Así, el salón-comedor, al otro lado de la columna forrada de azul eléctrico con un material con textura en zigzag que guarda relación con la geometría de la casa y mejora el comportamiento acústico de la estancia, emerge como un paisaje de objetos dispersos -sofá, mesa, lámpara, estantería, televisión- que flotan en el espacio, sin jerarquías rígidas, fomentando una domesticidad libre y contemporánea. La eliminación de pasillos da lugar a una nueva topografía doméstica: una secuencia de habitaciones trapezoidales e irregulares que se enlazan de manera orgánica.
El paso entre estancias, libre de puertas, se produce a través de umbrales cualificados por el color y la textura. Madera, metal, tela, aluminio, cerámica o resina conviven en casa EME junto a una paleta cromática vibrante —rojo, azul, amarillo, blanco o verde— que construye una capa de información doméstica casi oculta. Una arquitectura vinculada no solo a lo visual y a lo plástico, sino también al tacto y al olfato, que busca recuperar la experiencia sensorial del habitar.


Casa EME reflexiona sobre la idea de no hacer más que de hacer; de conservar en lugar de demoler y de reutilizar antes que construir. El resultado es una propuesta en la que el desplazamiento del cuerpo a través de la vivienda atraviesa constantemente una serie de binomios espaciales: de lo público a lo privado, de lo comprimido a lo dilatado y de lo abierto a lo cerrado. Un lugar que no pretende imponer, sino reactivar una casa que, como en el microrrelato de Monterroso, siempre estuvo ahí.
Solo había que despertarla.
- Estudio
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