El Premio Pritzker reconoce en Smiljan Radić una obra que escapa a los dogmas y se sitúa entre la fragilidad y la permanencia. Su arquitectura enigmática transforma cada proyecto en una experiencia física y emocional, atenta al lugar, al tiempo y a la complejidad sensible de la existencia.

El Premio Pritzker reconoce una trayectoria ajena al canon
“La arquitectura existe entre formas grandes, inmensas y resistentes —estructuras que semantienen derechas bajo el sol durante siglos, esperando nuestra visita— y construcciones más pequeñas, frágiles —fugaces como la vida de una mosca, a menudo carentes de un destino claro si se las mira bajo la luz de los convencionalismos—. Dentro de esta tensión de tiempos dispares, tratamos de crear experiencias que porten presencia emocional, que animen a las personas a detenerse y a reconsiderar un mundo que demasiado a menudo nos pasa por delante con indiferencia.”

En esta meditación de Smiljan Radić Clarke está condensada la principal razón por la que el jurado del Premio Pritzker ha decidido conceder a este arquitecto chileno su galardón este año. La sensibilidad que comprende a la arquitectura, eterna y trascendente o efímera y volátil, como compañera de la existencia humana. Permitiéndole ser frágil, sin exigirle la perfección ni someterla a las gesticulaciones estruendosas y espectaculares que otros consideran imprescindibles, sino llevándola a encontrarse y fusionarse con otras disciplinas artísticas, recordando además siempre que la propia arquitectura es una de ellas.

Smiljan Radić: una arquitectura íntima, sensible e imprevisible
Por esa pulsión esencialmente poética, por su inclinación hacia la ambigüedad y lo imprevisto, la arquitectura de Radić no cede a la domesticación de las palabras, un aspecto que también se ha destacado en este reconocimiento. Sus edificios no son concebidos como simples “artificios visuales”, sino que exigen la presencia física y la implicación sensorial de sus habitantes o usuarios para ser. En el lugar, prefieren ser huéspedes y no amos.

Sus construcciones se posan sobre el suelo, evitando establecer contacto físico directo con él, “como si pudieran ser desmantelados en cualquier momento y restituir el lugar a su estado original”. Se erigen con materiales que están fuertemente vinculados al contexto del enclave donde se encuentran, y desde un criterio heterogéneo que valora por igual lo natural y lo industrial, lo refinado y lo tosco. Parecen austeros y elementales, pero están en realidad disimulando el muy riguroso conocimiento de los criterios técnicos de la arquitectura que los sustenta.

Radić creó su estudio en 1995. Su primer proyecto significativo fue Casa Chica, una vivienda diseñada junto a su esposa, la escultora Marcela Correa, y que ambos construyeron con sus propias manos en 1997. A día de hoy, sigue manteniendo como un “estudio intencionadamente íntimo”, donde, pese a la proyección internacional que ha adquirido, abordando todo tipo de escalas y tipologías, “la arquitectura sigue siendo personal, atenta y sentida en lo más adentro”. Siempre marcada por un claro ethos democrático, que se manifiesta no solo en ese tratamiento heterogéneo y ajerárquico de los componentes con los que da fisicidad a su arquitectura, sino también por la “apertura social” de sus espacios, donde no se sitúa a ningún usuario por encima de otro.

Un reconocimiento a una trayectoria consolidada con integridad y constancia, confianza en sí misma; capaz de sorprender con osadía y respeto, y poseer aún la energía para seguir haciéndolo. “Imprevista, rara – incluso rebelde-, sin embargo, lejos de causar alienación o extrañeza, su visión anti-canónica se siente como algo fresco e inédito. Transmite la inconfundible sensación de hallarse ante algo nuevo”.
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